La futbolización de la política y el ascenso de la Cultural

27/05/2025
 Actualizado a 27/05/2025

No es ningún secreto que el fútbol se ha convertido en un ámbito de expresión de emociones y sentimientos fuertemente vinculados a la identidad, un concepto  utilizado para mal en esta época de posmodernismo como base de muchos conflictos.  Bien lo saben politólogos y fuerzas políticas en general, algunas de las cuales vienen utilizando sin disimulo a clubes de fútbol como arietes de su acción política. 

Que ciertas pasiones se expresen en el plano del deporte y no en el de otros más conflictivos es sin duda un adelanto, además de algo que parece no ya relativamente inevitable, sino de hecho fomentado por poderes públicos y privados sobre todo en el ámbito de las selecciones nacionales, porque esa «politización  del fútbol» parece que coadyuva un cierto orden geopolítico y económico. 

Sucede que de la politización del fútbol a la «futbolización  de la política»  solo hay un paso, y ese paso a quienes les conviene es a los menos dotados, a los que solo pueden sobrevivir en un estadio en el que gobierne el ‘hooliganismo’, la adscripción al grupo, la lealtad a los colores hasta la muerte por encima de cualquier circunstancia, atisbo de racionalidad  o  mera  evolución  personal.  No  me  refiero,  lógicamente,  a  los  muchos atributos que hacen del fútbol un fenómeno no solo respetable sino genuinamente trascendente, frecuentado por elementos tales como la solidaridad, la genialidad, la labor colectiva, el simbolismo y por supuesto el amor (cuantísimos aficionados convierten en devoción por su equipo lo que en realidad es amor a sus padres o familiares). Cuando hablo de la «futbolización de la política» me refiero al fútbol como fenómeno de masas en el que el individuo abandona su criterio y se adscribe militante a ver penalti a favor de su equipo donde sabe que no lo hay, discute furibundo la objetiva genialidad del jugador adversario, niega el mérito del eterno rival en su último campeonato, denuncia robo arbitral, renuncia en fin a cualquier opinión propia que vaya en contra de su equipo, entregando a la basura lo más preciado que tenemos: nuestra capacidad de valorar la realidad conforme a un criterio moral libre. 

En estos días en que las ligas de fútbol llegan a su fin, leer los comentarios de usuarios en las noticias de los medios deportivos es un ejercicio de riesgo que hay que practicar con mascarilla, porque casi nadie se pone a teclear ahí sin quitarse la camiseta de su equipo o disimular su condición de hooligan, de modo que esos hilos se convierten en espacios muy tóxicos. Algo parecido sucede con las redes sociales en general, aunque con un matiz: Meta, Tik-Tok y compañía saben de qué equipo eres y sus famosos algoritmos terminan ofreciéndote casi exclusivamente contenidos que van a favor de tus preferencias y en contra del equipo rival. Te quieren ahí pegadito a la pantalla y para ello solo te dicen lo que quieres oír si eres un exaltado incapaz de ver y valorar lo que de bueno hay en el adversario: si eres del Madrid, te mostrarán únicamente gloria en la ‘Champions’ y pruebas del «negreirato»;  si eres del Barcelona, Messi, Lamine Yamal y goles en fuera de juego de Cristiano. Las redes sociales se convierten en defensoras e impulsoras de tus propias emociones, aun a costa de pintar al adversario como lo peor de lo peor y ahondar así la trinchera entre unos y otros. 

Esa misma hemiplejia, o peor aún, se observa en el ámbito político. La televisión, la radio, los medios de comunicación en general, los comentarios de usuarios en medios digitales, son con pocas excepciones un terreno tóxico en el que la gente vuelca sus preferencias como si estuviera gritando en la grada de un estadio de fútbol, y por supuesto las redes sociales cuyos algoritmos saben perfectamente lo que cada cual vota no hacen sino mostrar lo que un buen ‘hooligan  político’  quiere ver y oír, abriendo el camino a la «futbolización del pensamiento», que en realidad es una reformulación de viejas técnicas tendentes a la demonización del adversario y la obtención de ventajas competitivas, entre las cuales destacan la simplificación extrema de la realidad y la victimización, respectivamente.

Es obvio que todo  esto a quien favorece es a los malos, a los sembradores de odio porque sólo en la división pueden prosperar. Resulta penoso pero algunas democracias liberales  de  occidente,  entre  ellas  la  nuestra,  una  vez  consolidadas  sus  reglas  de aritmética parlamentaria y electoral, han dado lugar a políticos cuya verdadera especialidad no es la suma sino precisamente la división y el cálculo milimétrico de ese puñado de votos que pueden inclinar la balanza, aunque sea a costa de la convivencia.

En cualquier caso, no hace falta decir que hay equipos mejores y peores. Este pasado domingo, tras el ascenso de la Cultural, he comprobado con esperanza ver cómo en las redes sociales de la provincia había muchos, muchísimos comentarios de aficionados culturalistas deseando el ascenso de la Deportiva en el ‘play-off’. Ojalá así sea, y seamos capaces de dar ejemplo desde aquí al resto de España.

Juan Carlos Álvarez es alcalde de Sabero
 

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