Sostiene mi hermana la mayor, entre cigarro y cigarro, que fumar es bueno para la memoria. Dicho así, a botepronto, a usted posiblemente le parecerá una tontería, como me lo pareció a mí cuando se lo oí decir. Pero mi hermana merece todos mis respetos por partida doble: por ser mi hermana y por ser la mayor, y, además, lo decía tan convencida que dejé de hacer el sudoku para prestarle más atención.
Mi hermana argumenta que la mitad de las veces que se dispone a fumar (que son unas cuantas al día) se da cuenta de que le falta algo, bien el paquete de tabaco, bien el mechero o bien ambas cosas. Dado que sufre seriamente de los pies, y ahora también de una cadera, cuando le ocurre eso, y para evitar darse un paseo inútil y doloroso, se ve obligada a hacer un esfuerzo mental para recordar si se lo dejó olvidado en casa, antes de salir a la calle; en la peluquería, cuando salió a fumar por no discutir de política con la señora de al lado; en la frutería del barrio, cuando abrió el bolso para pagar, o en el bar anterior, cuando sacó el teléfono móvil para atender la llamada de su marido o de su hija.
Por eso –sostiene ella– fumar es bueno para la memoria. Y a mí, cuanto más lo pienso, menos tontería me parece. Cualquier cosa que te obligue a conectar las neuronas para algo más que para discutir de fútbol o para seguir una teletertulia (si es que se conecta alguna neurona en esos menesteres) tiene que ser buena para ejercitar la memoria y retrasar demencias seniles.
Yo nunca he fumado ni me han dado envidia los fumadores; al contrario, me alegro de haber gastado el dinero del tabaco en riojas y whiskys que, aunque seguramente ambos son más perjudiciales para la memoria que el tabaco, a cambio me han hecho reír mucho más y eso sí que es beneficioso para la salud; por eso nunca he echado de menos fumar.
Pero últimamente cada día le veo más ventajas, además de la de ejercitar la memoria. La mayor, sin duda, es que te da la oportunidad de escaquearte de situaciones insufribles. Por ejemplo, si tienes una cena en casa de unos conocidos, puedes utilizar la excusa de la necesidad acuciante de nicotina justo cuando el anfitrión anuncia que va a proyectar –por enésima vez– las fotos de su último viaje a Groenlandia. O, mucho peor aún, cuando te invitan a la boda del hijo o la hija de unos amigos, que ya es de por sí una situación suficientemente latosa, y llega el momento en el que, siguiendo una empalagosa moda, los novios se empeñan en enseñarnos un vídeo de cuando ambos eran niños y hacían monerías, de cuando se conocieron y siguieron haciendo monerías, e incluso de los novios y novias respectivos que tuvieron antes de conocerse (que a uno le dan ganas a veces de decir: ¿pero en qué estabas pensando cuando dejaste a aquél bombón por la patisosa de tu mujer o tu marido?), ese es el momento de sacar un cigarro –mejor si se acompaña con un ligero temblor de manos– y preguntar por la zona de fumadores.
Sin llegar a tales extremos, todos conocemos a unos padres primerizos que dan la chapa con lo listo y lo guapo que es su bebé; al plasta insoportable que a la menor empieza a soltar la retahíla de chistes malos de siempre, o al típico listillo de bar que tiene todas las soluciones para este país y esta ciudad, pero no pone ninguna de ellas en práctica (que a lo mejor es el mismo al que se refería Fulgencio el otro día en ‘A la contra’).
En todas esas ocasiones sí que siento una envidia atroz de los que, como Avelino, les basta con esgrimir un cigarrillo y una sonrisa de disculpa para salir a la terraza o a la calle sin que a nadie le parezca mal, mientras que los que no fumamos tenemos que seguir aguantando el chaparrón y, encima, poner buena cara (que es lo que peor se me da en esta vida).
Si a eso añadimos que tengo la sensación de que cada día se multiplica el número de pelmas que no saben hacer otra cosa más que dar la tabarra y que, con la edad, cada día llevo peor que me toquen las narices, el resultado es que este año me estoy planteando seriamente lo de empezar a fumar.
Nota para los amigos y conocidos: si la próxima vez que nos veamos os dejo con la palabra en la boca para ir a fumar no vayáis a pensar ni por un momento que me aburre lo que me estáis contando, no, por Dios, lo hago única y exclusivamente por ejercitar la memoria.
Y es que a veces, algunas veces, mi hermana tiene razón…
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