La frontera: Un filo entre dos mundos

Estíbaliz Becerro Pellitero
06/07/2025
 Actualizado a 06/07/2025

Las fronteras son un surco en la piel de la tierra, una herida abierta donde, lejos de cicatrizar, emergen rutas impuestas por los mapas impuestos y caminos que los pueblos trazan con el canto de sus himnos. Son un trazo de tinta sobre el papel, un umbral donde dos realidades se miran desconfiadas, desafiantes, anhelantes. Son la sombra de una puerta que nunca acaba de cerrarse, la piel de un río cuyo cauce separa y une al mismo tiempo con la fuerza de una corriente compartida. Pero las fronteras que dividen el mundo no solo son de piedra, ladrillo y alambre: existen aquellas invisibles pero que pesan en cada palabra, en cada silencio.

Algunas cicatrices laten como heridas que nunca dejan de sangrar. Gaza es un filo de hierro donde la tierra tiembla con cada latido, un muro donde la historia se choca con en el presente, donde la infancia aprende a correr entre escombros y avisos de bomba y el cielo parece siempre demasiado gris, demasiado lejos, pero que, paradójicamente, siempre acaba aproximándose y desplomándose con la fuerza de un verdugo sobre los cuerpos que apenas han podido aprender a soñar. Y en esos momentos la frontera cultural también se impone colándose entre identidades fragmentadas, con lenguas que resisten y narrativas que intentan borrar al otro. En Marruecos, la arena se alza como un muro invisible que parte el desierto en dos, siendo testigo de voces bereberes que han reclamado durante siglos su lugar en una historia escrita en otra lengua. La frontera allí es un océano de dunas en el que los sueños se ahogan antes de probar suerte en la orilla de enfrente, la cual alcanzan a divisar con los ojos pero pero el horizonte se estira como una promesa rota que se disuelve antes de cumplirse.

Y en la frontera entre México y Estados Unidos, la esperanza se aferra a los barrotes oxidados de un muro que no detiene el hambre ni las sombras que cruzan nocturnas: solo los cuerpos de los que buscan un horizonte distinto. Este muro refleja otra barrera: la de los acentos, la de los prejuicios, la de una identidad que se construye entre dos mundos sin que se pertenezca del todo a ninguno.

Al final, todas y cada una de las fronteras son un iceberg flotando en el mar de la humanidad. Solo vemos la superficie: los muros, las alambradas, los pasaportes que dictan quien puede cruzar y quién no. Pero debajo se esconde el verdadero frío: el miedo que congela los puentes antes de ser construidos, el hielo de la indiferencia que endurece corazones y envuelve las miradas, volviéndolas gélidas para siempre. La frontera no solo divide la tierra, sino que enfría las almas, las entumece hasta que olvidan que al otro lado también hay manos tendidas, voces que llaman, historias que resisten.

Y todas las fronteras son más que un límite: son una sentencia. En Auschwitz la alambrada separaba la vida de la muerte, y al otro lado de esa línea trazada por el odio, las personas se volvían números y las chimeneas borraban los nombres. No era un muro de defensa, era un muro de exterminio que no fue solo físico. El exterminio cultural supuso el intento de borrar una identidad, de convertir a un pueblo en ceniza, de silenciar una parte de la historia. Y no ha sido la única. Cada genocidio, cada colonización, cada lengua prohibida, cada libro quemado ha sido una frontera cultural erigida con el propósito de olvidar al otro. Esas quizá son las fronteras más crueles: aquellas que privan al ser humano de su derecho a existir, las que convierten la tierra en un campo de sombras donde la historia aún gime entre las ruinas.

Pero las verdaderas fronteras no están hechas de piedra ni de alambre. La brecha que separa Oriente y Occidente no se mide en los kilómetros que nos separan. Esta distancia se hace abismal con los miedos que nos alejan, los nombres que nos niegan, las lenguas que olvidamos entender, las voces que son calladas o las historias que injustamente ignoramos. Son los muros invisibles que levantamos con la mirada, en la voz que calla, en la indiferencia que siembra más distancia que cualquier línea en un mapa, en la voz que no alzamos.

Aun así, toda frontera es también un umbral. Son grietas a través de la que se cuela una posibilidad al encuentro. Porque, aunque la tierra se parta en dos, siempre habrá manos que desafíen los barrotes para tenderse hacia el otro lado; miradas que crucen el abismo, caminos que insistan en seguir adelante y desafíen al metal de los barrotes, cruzando con la palabra lo que la violencia ha querido dividir.

Porque ningún muro es eterno ni hay hielo que por más duro que sea mantenga su fría compostura. Porque incluso las alambradas más crueles terminan cayendo para dejar al descubierto la verdad y la memoria. Siempre habrá quienes escuchen, traduzcan y tiendan puentes entre la memoria y el diálogo.

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