Reconforta comprobar que en León todavía queda gente que, cuando la pinchan, aún sabe revolverse; y en estos días podemos ver cómo un puñado de personas termina representando la dignidad de toda una tierra, de toda una provincia.
En estos calurosos días de primeros de julio, cuando la mayoría de nosotros continuamos con nuestra rutina, hay quienes han decidido olvidarse de sus quehaceres habituales, colocarse detrás de una pancarta y recorrer, paso a paso, los casi 100 km que unen Guardo con León sin importarles el calor ni la distancia. Y lo hacen no por deporte, ni por una apuesta, ni por ganar protagonismo a un mundial por el que transitamos, de momento, sin mucha gloria y con algo de pena, sino por defender un tren; un tren que no ha sido solo un tren, ha sido el hilo que ha cosido durante generaciones la montaña oriental leonesa con León; y viceversa. Ha acercado estudiantes, trabajadores, enfermos, comerciantes, excursionistas, turistas, familias enteras que encontraban en el tren de Matallana el medio ideal para pasar un día de campo y volver a casa. Lo he utilizado en cientos de ocasiones con ese objetivo; pero mis hijos apenas recuerdan haberse subido en alguna ocasión escondida en el velo de la memoria temprana. Es un tren que ha unido pueblos que, de otra manera, estarían todavía más aislados. Un tren que transportaba oportunidades, que mantiene vivos los pueblos por los que discurre, que acerca servicios, que facilita que la gente pueda vivir donde quiera sin renunciar a trabajar o estudiar en la ciudad.
Por eso resulta tan difícil comprender cómo nos hemos dejado engañar con aquel cierre de la llegada al centro de la ciudad bajo la promesa de la modernización del servicio y del arreglo de la infraestructura. Las obras llegaron, y con ellas nuestra sempiterna paciencia. Las obras se acabaron; y nuestra paciencia también. Después de tantos años de espera aquella promesa continúa detenida en el apeadero de algún cajón de algún despacho oficial, mientras la infraestructura remodelada se deteriora por falta de uso y de mantenimiento. Millones de euros tirados al cubo de los despropósitos para poner de manifiesto, una vez más, que lo provisional se convierte en permanente; y ahora ya ni siquiera se oculta que el verdadero riesgo es que la línea desaparezca, lo que supondría una verdadera amputación de una vía de comunicación, de esas que no nos sobran en León. Cada servicio que desaparece hace un poco más pequeña nuestra tierra; cada conexión que nos quitan nos aleja de los pueblos y les invita a quienes los habitan a abandonarlos.
Frente a esta resignación aparece un grupo de irreductibles entusiastas que los sábados nos recuerdan que el problema sigue existiendo y que no podemos quedarnos de brazos cruzados; que es el pueblo quien tiene que defenderse a sí mismo, porque esas actas de diputados por León no incluyen la defensa de León ni de los leoneses entre sus cometidos. Y ahora, además de salir a la calle los sábados, han decidido recorrer esos cien kilómetros caminando para elevar el tono del altavoz y que la protesta no decaiga.
Esas personas merecen algo más que un aplauso cuando lleguen a León, se han ganado nuestro reconocimiento, nuestro agradecimiento y nuestro respeto, porque mientras muchos nos limitamos a lamentarnos, quienes se han puesto «pies a la obra» han decidido hacer algo más que mirar para defender un patrimonio común, que nos pertenece a todos, incluso a aquellos que ni siquiera se han subido a uno de esos trenes, amparando una forma de entender esta tierra, la de quienes creemos que los pueblos tienen derecho a seguir comunicados; recordándonos, además, que los derechos no desaparecen por arte de magia, sino que desaparecen cuando dejamos de reclamarlos.
Ojalá que el puñado de entusiastas que comenzó la caminata en Guardo se convierta al llegar a León en miles de personas que griten a quien quiera oír que no caminan solo por Cistierna, por Boñar, La Vecilla o Pedrún, sino que caminan por todos nosotros, para que no nos sigan quitando lo que tenemos.
Con ello, se vuelve a poner de manifiesto la realidad de un problema más profundo: León no cuenta con representantes políticos de verdad, no cuenta con representantes cuya prioridad sean los intereses de León y de los leoneses. Demasiadas veces observamos que esas actas por León, cuando tienen que elegir entre disciplina de partido y la defensa de León y lo leonés, León siempre sale perdiendo. Por eso este problema va más allá del propio tren y habla de la capacidad de una tierra para decidir su propio futuro, para defenderse de ataques a su progreso, de la necesidad de disponer de una autonomía propia que de verdad proteja sus intereses.
Hoy unos cuantos hombres y mujeres están recorriendo esos kilómetros para recordarnos que todavía hay quien no se resigna a ver cómo perdemos, una vez más, una parte de nosotros mismos. Y mientras ellos caminan el corazón de León está con ellos.
Bernardo L. García Angulo es Coordinador de Estudios Autonómicos de UPL