Yo pensaba −tonto de mí− que la vida en los pueblos había cambiado. Que todos, por fin, éramos felices. Que las relaciones entre vecinos, ayer mohínas por quítame de ahí ese mojón o aparta de mí estas hojas de un otoño ventoso, hoy eran más que cordiales ante la supuesta educación y cultura que nuestros padres pudieron y quisieron inculcarnos. Pues no, estaba equivocado. Los problemas, hoy como ayer, a la vista de lo que a mí mismo me ha ocurrido, siguen siendo los mismos o incluso peores.
Yo −les cuento− dispongo de una pequeña propiedad que heredé de mis padres. Esa propiedad colinda con un solar (ayer huerta). Pues bien, toda mi vida, y ya tengo muchas canas en mi cabello, los linderos de ambas fincas –eso creía− estaban más que marcados por la buena armonía y mejor vecindad. No había alambrada alguna que los separase porque de sobra sabía, cada cual, lo que tenía. En mi terreno y entre ambas propiedades, eso sí, existía una pequeñísima puerta de madera, que yo sustituí por otra de metal y un no menos diminuto pasillo, que yo convertí en acera con aspiraciones de servir de cortafuegos. Pasillo en el que mi abuelo, me he enterado esta misma semana, había tenido varias colmenas.
El caso es que la nueva propietaria (heredera) de dicha finca colindante, de mi misma edad, me llama la atención por mi intromisión –según ella− en su propiedad, invitándome de ‘aquellos modos’ al cierre de la puerta y al levantamiento del arroyuelo de hormigón. Los dos, como es evidente, defendemos lo nuestro, pero a la vista de que no hay acuerdo, le invito a que, puesto que ella es la que se siente perjudicada, acuda a los tribunales en demanda de un criterio profesional y civilizado, acorde con los tiempos, afortunados y democráticos, que nos ha tocado vivir. Que acuda, por favor, a ellos, que no me parece mal y que, además, me comprometo deshacer el entuerto en el menor tiempo posible si la justicia falla a su favor. Palabra de hombre, como se hacía en otros tiempos (y sobraba).
Pues bien, no solo hace caso omiso a mi voluntad de entendimiento por la vía lógica, sino que ahora mismo la tengo ‘emburrada’. Emburrada sí, que no enfadada. Vamos que no me habla ni contesta a mis buenos deseos de que tenga un buen día. Y eso, entre personas de bien, educadas y mayormente civilizadas, creo que no es lo más adecuado. Todos, nos guste o no, vivimos en sociedad y todos nos hemos de respetar, claro que sí, amparados en las reglas del juego, que las tenemos, afortunadamente, en pleno funcionamiento. Por eso no entiendo que se retroceda tantos años atrás con la esperanza de «que si no te hablo, tú sabes bien por qué». Qué quieren que les diga. No lo entiendo ni lo entenderé jamás. Por ahí no. Enfados, puede. Los acepto. Emburramientos, no. Pues eso. Que mal que le pese a esta buena ciudadana, volveré siempre que me encuentre con ella, a desearle buenos días, mejores tardes o felices sueños. Si no me contesta, el problema no será mío. No. El problema es de ella y seguirá siendo de ella por los siglos de los siglos.
Por cierto, como no dispongo a mi cargo de rencor alguno, desde aquí y ahora, como he hecho siempre, le brindo todo mi respeto, ayuda y apoyo en todo lo que necesite. Es lo menos que se puede hacer entre vecinos que, además, se criaron en tierra tan propia y cercana que no admite duda alguna de que es buena tierra donde abundan mejores moradores viviendo en paz.
Lo dicho: feliz día, querida vecina.
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