El peligro de la costumbre

Vanessa Gutiérrez
26/02/2016
 Actualizado a 02/09/2019
Martina estaba en el segundo cuatrimestre de su primer año de carrera. Hasta ahora, había aprobado todos los exámenes, como siempre hizo en los cursos anteriores. Disfrutaba de la vida universitaria, salía con sus amigos y amigas, solía acudir a eventos y exposiciones en el Albéitar (además, por supuesto, de pasarse las tardes en la biblioteca para poder estudiar) y le encantaba ir a conciertos en los bares de León. Era, lo que diríamos, una chica normal para su edad. Con una vida normal. Una familia normal. Un físico normal. Un novio normal.

Alberto, el novio de Martina, era la envidia de sus amigas. Más o menos guapo, con coche, pendiente de ella, preocupado y cuidadoso. Se notaba cuánto la protegía. La acompañaba al campus por las mañanas y la iba a recoger a la salida de clase todos los días, para que ella no tuviera que volver sola a casa. A Martina le gustaba que él la cuidara tanto. Era su primer novio y sabía que él la quería. Cuando ella estaba estudiando, siempre recibía algún mensaje de él para asegurarse de que estaba bien, para preguntarle qué tal estaba, o con quién. Siempre que ella tenía que ir a casa, él la iba a recoger y la llevaba en coche. Si quedaba con sus amigas o amigos, él siempre iba con ella, aunque muchas veces estuviera callado. Pero eso era porque aún no había conseguido conectar del todo con sus amistades, sólo era cuestión de tiempo.

Así fue pasando el curso y llegaron los exámenes de junio. Martina dejó de ir a estudiar al Albéitar, porque decía que estudiaba mejor en casa, que se concentraba mejor. Sus amigas cuchicheaban entre ellas, que lo de siempre, que «ahora que tiene novio ya casi no la vemos». Dejó de ir a ver a sus amigos tocar en los bares, pero era porque quería centrarse en sacar buenas notas. Ya no salía al Húmedo en los Jueves Universitarios, porque se había cansado un poco de hacer siempre lo mismo. Además, que Alberto trabajaba los viernes y si ella salía hasta muy tarde él no podía ir a buscarla, y al final mejor quedarse en casa.

Llegó el verano. Martina aprobó todo, aunque con peores notas que en los exámenes anteriores. Sus amigas, para celebrar el fin de su primer año de carrera, planearon unas vacaciones juntas en el sur, por ejemplo Conil de la Frontera, o Matalascañas, aún estaban decidiendo. Pero Martina prefirió no ir. También era el primer verano que pasaba junto a Alberto y prefería hacer algún viaje cuando él tuviera vacaciones en el trabajo. Además, que seguro que no le gustaba que ella estuviera en la playa y de fiesta por las noches en otra ciudad, sin él cerca. «Claro, es normal», le dijeron sus amigas, «se nota que va en serio contigo».

El día antes de que ellas se fueran de vacaciones salieron todas juntas para despedirse. Se fueron a tomar unos cortos y después al bar de música indie que tanto les gustaba. Les sorprendía lo bien que se lo pasaban estando allí casi toda la noche sin hacer nada más que escuchar música y cantar a voz en grito cuando sonaba una canción que les gustaba. Esa noche Alberto le envió unos cuantos Whatsapps, para saber qué tal se lo estaba pasando, quiénes estaban, a qué hora volvería a casa… hasta que a Martina se le acabó la batería del móvil y le dejó de contestar. Al día siguiente les contó a sus amigas la bronca monumental que había tenido con Alberto. Pero ellas le dijeron que «pobre, estaba preocupado por si le pasaba algo», «no te lo tomes a mal», «bueno, si no le gusta que salgas sin él es porque es un poco celoso, eso es porque te quiere».

Llegó el final del verano, y Martina al final no fue de viaje a ningún sitio, pasaron un par de días en las fiestas del pueblo de Alberto, porque era lo normal. Él se pasaba el año trabajando y lo que quería era ver a sus amigos del pueblo, que hacía meses que no coincidían. A Martina no le gustaban las fiestas de los pueblos, pero claro, era mejor ir con él que tener otra bronca. Así llevaban todo el verano, pero bueno, eso era por la tensión del trabajo de él, el estrés… a todos se nos va la cabeza alguna vez. Además, Martina era una chica con suerte, con un novio que la llevaba a todas partes, que la presentaba a sus amigos, que la iba a buscar, a recoger, preocupado todo el tiempo por si ella estaba bien. Al fin y al cabo, las discusiones son una cosa normal en la pareja, lo veía todos los días en televisión.

Un día de septiembre, justo la primera semana de volver a clase, Martina y sus amigas se quedaron una tarde en el campus a tomar unas cervezas tiradas en el césped, como hacían tantas veces. Alberto la fue a recoger con el coche a la puerta de la facultad, como hacía siempre, pero aMartina se le había ido la hora, y seguía entre risas y charlas con sus amigas, entre la cafetería y el césped pasando la tarde. Como mucha otra gente alrededor. Y con las risas, las charlas, la gente, Martina no oyó el móvil cuando Alberto la llamó para preguntarle dónde estaba. Esa noche fue cuando le dio el primer bofetón. Martina sabía que no se lo merecía, nunca nadie merece algo así, y decidió contárselo a su madre. Su madre le dijo que «no le diera importancia, él te quiere. Es un buen chico y seguro que a estas alturas está arrepentido».

Martina no llegó a los exámenes finales de 2º de carrera. El titular rezaba ‘Una joven muere en León tras ser apuñalada por su novio’. El subtitular dejaba claro que no había denuncia previa por malos tratos.

Las amigas de Martina, su familia, los vecinos y toda la gente que leyó la noticia se preguntaron cómo no lo había visto venir.
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