Cuando era pequeño, en el valle de Sabero, el horizonte se pintaba de blanco sobre un lienzo gris de azul cielo. Al fondo estaban las escuelas (en plural) distribuidas por distintos pabellones de las Colominas. Para llegar hasta ellas, muchas veces los mayores tenían que espalar para abrir sendas entre la nieve, que en ocasiones se constituían en túneles convenientes a nuestra estatura. Cuando lo cuento, casi nadie me cree; pero yo lo recuerdo tal cual.
Entonces, las escuelas, como casi todo en el valle, estaban auspiciadas por la empresa minera; eran varias, y muchos los niños de distintas edades que pasaban en ellas gran parte del día. Por lo general, los maestros vivían en casas situadas encima de las propias escuelas; con lo cual no había peligro de absentismo laboral cuando las inclemencias del invierno ponían la cosa más cruda.
El camino hacia la escuela era siempre abrupto; la vida era otra cosa y el tiempo empezaba a dejar de pertenecernos. Pero en más abrupto se convirtió, cuando, por esa regla infame que une la edad con el conocimiento, me trasladaron a estudiar a otro lugar, un nivel superior, la pérdida de la inocencia, a varios kilómetros de distancia, sin posibilidad de regreso.
Durante un tiempo, demasiado largo en mi memoria, tuve nostalgia de la escuela, en Olleros, mi pueblo; a pesar de alguna que otra colleja, «manguerazo», o racimo de llaves que se posan con estruendo en tu cabeza. Poca cosa para lo que había enfrente: el principio de una identidad que se iba constituyendo a si misma tanto en las clases como en el recreo, entre juegos y trifulcas: la de ser descendiente de mineros, familiar de mineros, amigo de mineros. Allí éramos todos iguales. En el lugar sin nombre empezamos a ser, quizá por ser hijos de mineros, arrapiezos con poco futuro. Pasó algún tiempo hasta que pude recuperar aquel principio de identidad que me proporcionó mi paso por la escuela en Olleros.
Cuando cerró la mina, el mundo que crecía a su alrededor empezó a derrumbarse. Las expectativas se transformaron bruscamente. Hasta el paisaje cambió su fulgor por un rictus de tristeza, incluso de resentimiento. Con los años, empieza a verse la desolación de las ausencias, las renuncias, la búsqueda de nuevas perspectivas.
Si algo ha caracterizado siempre a los mineros ha sido el empeño de que sus hijos tuvieran un futuro. De ahí también la importancia de la escuela; aunque para acceder a ella hubiera que andar muchos metros entre la nieve: túneles hacia la esperanza de los padres que no veían el cielo para que sus hijos pudieran palparlo algún día.
Con los mineros encerrados en la escuela de Olleros se cierra el círculo de esa esperanza. Al parecer 24 niños no son suficientes para mantener la actividad del colegio tal como se venía desarrollando.
En mi opinión, hasta un solo niño merecería que la escuela no cerrase; pues quizá ese niño guarde en su interior el principio de identidad necesario para volar sobre todos los prejuicios. Veinticuatro, ya no digamos.
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