Conocí a Don Felipe Santos Toribio a su llegada a Pueblica de Valverde (Zamora), a ocupar plaza de médico titular. La fama de excelente profesional no tardó en extenderse por las comarcas aledañas, y fue talla buena acogida de las gentes de la zona, que aún perdura en la memoria de los que hoy lo cuentan, y entre los que me encuentro, por la atención recibida, así como por otros miembros de mi familia y demás conocidos por él tratados.
Cuando conoces a una persona de la enjundia profesional y moral de Don Felipe, una vez terminada su andadura por los avatares de la vida, no es fácil hacerse a la idea de la ausencia permanente, aun asumiendo el fin del itinerario que marca la existencia de cada ser nacido, curtido en la dura brega hasta llegar al final de sus días.
A veces decimos con vehemencia eso de que hay personas que no deberían irse jamás. En ese contexto se encuentra la figura de Don Felipe, que deja un bagaje de principios éticos y morales que por ley deberían perpetuarse en la memoria.
Don Felipe Santos Toribio, solemne devoto de la profesión Médica General, virtuoso por la bondad de su afecto a los pacientes, y servidor de su profesión, no descuidaba el trato social en el ámbito ajeno a su intenso trabajo. Era amigo de sus amigos y poseía los rasgos de la amabilidad y la cortesía para con los demás.
Cuando se instaló en Pueblica de Valverde, fue tal la aceptación, que la fama en el ejercicio de la medicina le propició una constante peregrinación de pacientes. No solamente los que como titular debía atender, sino también los que le llegaban de fuera, ávidos de salud y bienestar.
A su llegada a León, ya con vitola de excelente galeno, comenzó el ritual de pacientes para ser tratados, incluidos los de la zona de su anterior destino, que no querían perder el contacto acudiendo a su consulta, atestiguando la eficacia de sus diagnósticos.
Si ya venimos repitiendo su categoría profesional con denodado entusiasmo, no era menor la virtud del afecto a sus pacientes. Para él eran algo más que simples seres en busca de salud. La confianza que imbuía en el trato confirmaba que las patologías no solamente se curan con los fármacos recetados, sino además por la eficacia de los paternales consejos que impartía.
Conocí familias en las que la mayoría de sus miembros adultos venían haciendo visitas regulares y periódicas a la consulta de Don Felipe, y era tal el estado de ánimo que mostraban una vez celebradas, que merecía la pena no olvidar nunca las fechas de las citas. Se tenían que solicitar hasta con meses de antelación. Una de las familias de varios hermanos, era tal la veneración que por él sentían, que sacrificaban el tiempo de su trabajo de venta ambulante por la puntual asistencia a las consultas, saliendo siempre de las pruebas con evidentes signos de complacencia. Algunos padecían la agresividad de la hipocondría que la sacudían con el simple saludo del doctor. En las distintas plazas por las que pasaban ofreciendo sus artículos, con enorme ilusión y entusiasmo hacia cuantos veían con una salud decadente les instaban a que solicitaran consulta con Don Felipe. Para ellos era más importante la visita al doctor de sus clientes que el beneficio que la venta de sus artículos les pudiera proporcionar. En posteriores visitas, recibían el agradecimiento de quien les había facilitado el bálsamo para sus dolencias. A su vez ellos se convertían en ‘voceros’ para otras personas, aumentando con ello la pirámide de la fama de Don Felipe.
No es exagerada la versión de estos hechos, ni de los protagonistas, personas de mente bien amueblada, trabajadoras y honradas, fieles a sus principios en el común de los comportamientos. El agradecimiento de estas personas enviadas a D. Felipe les hacía muy felices, y debido a sus creencias religiosas, daban las gracias por el bien de su salud y la de los demás.
No quiero pasar por al alto una anécdota que tuve la suerte de presenciar en una de las visitas a su consulta. Estando yo en pleno reconocimiento, entró su esposa Doña Mary y le dice: «Felipe, uno de los niños –no recuerdo su nombre– tiene fiebre un poco alta». Y le contesta: «Llévalo a fulano» –tampoco recuerdo el nombre del pediatra–, y doña Mary salió sin más. Me quedé perplejo y le dije: «pero hombre, en casa de herrero, cuchillo de palo». Y me contestó: «Fulano, lo entiendes mejor que yo, ¿no ves que tengo la consulta hasta los topes?»
Mi amistad con Don Felipe no era cargante, más bien discreta. En todos los encuentros ocasionales, nos extendíamos en diálogos de distinta naturaleza, quedando siempre la ‘miel’ en los labios, a la espera de la próxima oportunidad. Yo me encontraba muy feliz con su acercamiento, lo mismo que creo le pasaba a él, debido al profundo respecto que nos profesábamos, ya que amén del afecto mutuo, nos unía una refinada cordialidad.
Si hay personas que han abandonado la vida con la satisfacción del deber cumplido, por esa disposición peculiar de quién es exquisitamente sociable en el trato y tiene facilidad para atraer y persuadir a los demás, ese era y fue Don Felipe Santos Toribio.
Quede el recuerdo en la memoria y el corazón de quienes disfrutaron de su presencia, en especial su esposa Doña Mary, sus hijos, hija y nietos que tuvieron la suerte de vivir en su compañía. Un lujo de profunda dimensión. Don Felipe, siempre Don Felipe, deja el recuerdo imborrable y cálido de cómo se conjuga la búsqueda de la salud con la serenidad del afecto.
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