Querido Sócrates: El viernes pasado telefoneé a Marta, hija del dibujante y escultor Josechu Lalanda. Yo deseaba que me enviara un pequeño bronce que representa a un jabalí para regalárselo a un amigo. Como en llamadas anteriores, volví a intentar convencer a mi interlocutora para que moviera a su padre a pintar alguna lámina de perdices ya que a mí me ilusionaba mucho tenerla.
Sin embargo, a medida de que la conversación avanzaba me iba dando cuenta de que, por algo, yo estaba fuera de situación. Finalmente mi amiga, comprobado mi despiste, me comunicó la muerte de su padre el día quince de octubre.
Diariamente convivimos con la muerte. Unas nos afectan más que otras, independientemente de los convencionalismos sociales con lo que lo adornemos. Pero yo creo que, cuando te llega de verdad, se instala en uno esa sensación de que la situación anterior, cualquiera que sea, no se va a repetir jamás. Es entonces cuando te entristeces y puedes estar seguro de que te ha afectado de lleno.
La relación entre un artista, ya sea literario o plástico, con sus seguidores es mucho más larga que una simple relación de trato personal. El seguidor contempla, analiza y recibe, con tiempo para reflexionar, la obra que admira. Si le llega, la incorpora al grupo de sus afectos, sin que por ello, al artista le llegue claramente esa relación. Sin embargo, para el admirador, el artista está tan presente a través de su obra como el amigo con el que toma una cerveza.
Te preguntarás, Sócrates, porqué te hablo de esta persona. En primer lugar porque era un excelente dibujante animalista y de la naturaleza. Al contrario que en Francia, Gran Bretaña y, sobre todo, Estados Unidos, en España, pese a nuestro formidable plantel de pintores y escultores, los pintores animalistas se pueden contar con los dedos de la mano. Estos dibujantes no se justifican únicamente por su trabajo artístico o decorativo, sino también técnico y científico. Su obra es menos conocida de lo debido, seguramente a causa de su modestia personal. Era capaz de dibujar no solamente el animal, sino su ecología y etología. Algo que no han logrado los demás. Si no lo crees no tienes más que mirar lo que él y Félix Rodríguez de la Fuente publicaron en ‘Blanco y Negro’ o en la ‘Actualidad Española’ que fueron los embriones de la enciclopedia Fauna o los Cuadernos de Campo y te convencerás de lo que te digo.
Para justificar lo que te cuento, te diré que el Fondo Mundial para la protección de la Naturaleza emitió una nota lamentando su fallecimiento y afirmando que sus dibujos ayudaron a proteger especies y divulgar fines conservacionistas. Con un simple dibujo reflejó la cadena de muerte que produce la práctica del envenenamiento de alimañas y con ello contribuyó decisivamente a visualizar el peligro de esta y a su abolición no solamente por la ley sino por la sociedad.
Josechu era hijo del torero Marcial Lalanda. Los tratadistas señalan de su padre que era capaz de comprender rápidamente la condición de cada toro. Yo creo que heredó de su padre esa capacidad innata de entender el comportamiento de los animales y la aplicó al dibujo y la escultura.
Lo conocí por un artículo que la revista Trofeo dedicó a sus comienzos y desde entonces le he seguido. Después, durante muchos años, ilustraría en ella muchos trabajos. El era un joven dibujante y yo un lector apenas adolescente. Allí se hablaba de un chico que se había desarrollado como persona y como dibujante en un contacto continuo y arriscado con los animales en la finca ‘El Saucedal’ en los Montes de Toledo.
Me hizo sentir que experimentaba lo mismo que yo en similares circunstancias. Cada vez que contemplo los dibujos y esculturas de Lalanda, me traen el monte mediterráneo y me transportan a aquellos años, esperanzas e ilusiones en los que en plena Mancha, también en otra finca ‘Los Prietos’, pude vivir el contacto con una naturaleza que solamente cuando eres un adolescente libre, se aprende de los paisajes, piedras y pastores, entre los romeros y las atochas de esparto.
Bueno, Sócrates, si vienes por casa te mostraré alguno de sus dibujos y , para que comprendas mi carta, te voy a encomendar una tarea. Sube al museo de Valdehuesa y contempla por mí los bronces de venados, jabalíes o perros de Josechu. Creo que, cuando los veas, comprenderás la emoción de esta carta. Siempre tuyo.
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