Querido Sócrates: Acaba de telefonearme un profesor de la Universidad. Me ha dicho:JoséLuis ha muerto. En el mismo momento de comenzar la conversación ambos dijimos lo mismo ¡Llevaba tiempo dándole vueltas para ir a verle pero no me atrevía! y el profesor subrayó: «Me ha quedado un peso enorme». Pues, Sócrates, a mi también.
Enseguida, he llamado a un par de amigos y compañeros que le querían y apreciaban. Después he estado dando vueltas a la cabeza. He dado un corto paseo sin sentido y me he venido a casa a escribirte. Aunque nunca podré pagar la deuda del todo voy a intentar hacerlo un poco con esta carta, por mi compañero el profesor y por mí. El día que murió mi padre yo le pedí a J. Luis que me acompañara, él lo hizo y me confortó mucho. Primera deuda.
Parecía un inglés despistado y muchos pasarían a su lado sin poder intuir lo que era.
José Luis era un hombre, ante todo, con una inteligencia muy importante y además bien instruida. Era algo terco, para bien, pero también educado , receptivo y tolerante. Formaba parte de una familia modernamente renacentista y culta en donde hay dibujantes, fotógrafos, profesoras, técnicos, científicos y empresarios. Era un potente biólogo e investigador. Desde los años 60 se dedicaba a eso que hoy día, los finos, llaman Biotecnología. Un día, confidencialmente,me confió un descubrimiento que multiplicaba por diez la producción de un antibiótico. Siempre guardé el secreto con el orgullo de que me lo había contado por ser su amigo.
Era tan potente como investigador que creó una empresa de investigación biomédica, privada, cuando ni siquiera había nada más que, nada, para financiar la investigación oficial. Fue uno de los últimos hombres cultos que formaban aquel gran grupo de científicos, técnicos y obreros, que fue Antibióticos en León y que la especulación de los ingenieros financieros, que no sabían ser empresarios, destrozó.
Le conocí una mañana de primavera, por casualidad. Yo tendría unos diecisiete años. Un amigo común de él y de mi padre, Juan el marido de Nena, no podía disfrutar de un permiso en el coto de Felmín por una cuestión de trabajo en «La fábrica». El me lo pasó por si podía aprovecharlo, una vez que el guarda me autorizaraa ello. Eran otros tiempospara la pesca, Sócrates.
A la mañana JoséLuis me recogió, creo, en la calle Alcázar de Toledo, frente a la casa de Juan. Le acompañaba su amigo David que también me ayudó en la carrera. Juan me había advertido que J. Luis era biólogo, de la primera promoción del país. Por eso, durante el viaje, yo busqué que se diera cuenta de mis inclinaciones intelectuales y profesionales. Rápidamente captó lo que yo quería sugerirle y me lo dijo.
Dos años más tarde me lo encontré justo cuando salía de la antigua Escuela de Comercio después de realizar la ‘Prueba de madurez’ para acceder a la Universidad. ¿Casualidad o destino? Se interesó por mis inquietudes y me dijo:
– Cuando llegue el principio de curso, pasa por casa que te voy a dar una recomendación para un catedrático nuevo, amigo de un fotógrafo queconozco, que va a venir a León.
Creo que tuve la fortuna de ser su primer patrocinado pero, después, lo hizo con muchos otros, Luis, Ordoño, Antonio, Ismael... y otros. Yo tenía ciertos conocimientos y habilidades técnicas que no eran frecuentes en aquel momento. Su apoyo constituyó la base de mi vida profesional, porque el profesor me recibió, me dio tarea y desde aquel momento, naturalmente sin paga, trabajé en el departamento que era lo que yo deseaba. Cinco años después, con algún esfuerzo, comencé a vivir de ello.
Recuerdo como, una tarde, siendo estudiante de primer curso, por una pregunta banal que le hice, me explicó la síntesis de las proteínas. En aquel tiempo era una novedad únicamente al alcance de los iniciados. Cuando llegó el examen de Biología, oral e incómodo, fui derivando mis respuestas hacia lo que yo quería. Finalmente le conté a mi profesor , con el que no me llevaba muy bien, la síntesis de las proteínas. El profesor, más tarde, confesó que había sido el mejor examen en mucho tiempo y me dió la mejor nota. Otra razón para la deuda.
Después, cuando casi empezaba a ser alguien, coincidencias, afortunadamente demasiadas coincidencias, de la vida él me recomendó que ayudara a jóvenes que deseaban aprender a los que había que enseñar y ayudar.
A sus patrocinados, que no notábamos que lo éramos, nos recibía en su casa, a la noche, y charlábamos de nuestros estudios y de nuestras cuitas. Algunas veces cenábamos. A mí lo que más me impresionaba era labiblioteca. Una biblioteca repleta de maravillosos libros de biología y más. Desde ‘Parrots of the wordl’, por citar un libro raro y exquisito sobre aves, pasando por tratados de microbiología a los últimos números del Scientific American. No le gustaba prestar sus libros, porque conocía lo que les pasa a los libros prestados, pero yo tuve la fortuna, correspondida por mi formalidad en las devoluciones, de disponer de ellos. Me ayudaron mucho, así pues, otra deuda. También mi mujer se ha afligido y me ha dicho:
– Me dioun muy buen libro que todavía utilizo. Me dijo que sería muy importante y lo ha sido. ¡Siempre un libro!
Las charlas, en el sofá Chester verde, estaban ilustradas con repasos a los libros nuevos, traídos algunas veces desde Londres o New York, la música de los Golden Gate o las proyecciones de diapositivas de plantasy animales de su Barreiros o de la montaña leonesa. Mientras, comentábamos su calidad, oportunidad y emoción.
Pero, Sócrates, de él aprendí y recibí muchas más cosas que van desde lo personal a lo profesional, aunque eso, te lo contaré otro día.
Selis, que así le llamaban sus hermanos, era algo anticlerical y descreído, pero creo que esté en el Paraíso, haciendo fotos y, a la noche, se juntará con Isaac y un grupo de amigos para hacer una proyección.
Porque fue una buena persona.
Como te supongo buen vecino, cruza el parque y hazle llegar mi carta a María Victoria, María, Antonio, Inés y Alberto.
Siempre tuyo.
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