Despedida de mi abuela

Andrés Alberdi Llamazares
16/10/2026
 Actualizado a 16/10/2026

Hoy quiero dedicar unas palabras a mi abuela.

Y quiero hacerlo recordando quién era, cómo entendía la vida y lo que ha significado para todos nosotros.

Mi abuela ha vivido 97 años. Ha tenido once hijos, un montón de nietos y bisnietos. Ha visto crecer varias generaciones, ha vivido tiempos felices y momentos difíciles, y ha pasado buena parte de su vida sin la compañía de su marido.

Casi un siglo de vida. Y una familia enorme que siempre fue su mayor orgullo.

Si tuviera que definir a mi abuela con una sola palabra, creo que sería bondad.

Mi abuela era buena. Buena por encima de todo.

Y tenía una cualidad que, tengo que reconocerlo, no siempre supe apreciar.

Era capaz de justificarlo absolutamente todo.

Daba igual quién se hubiera equivocado, qué hubiera hecho o cuántas veces lo hubiera hecho. Ella siempre encontraba una explicación, una circunstancia o algo bueno que decir de esa persona.

Y aquello, muchas veces, me daba un coraje tremendo.

Porque donde todos veían un error, ella encontraba una excusa. Donde todos veían algo injustificable, ella encontraba una explicación. Y donde los demás perdíamos la paciencia, ella seguía defendiendo a los suyos.

Con los años he ido comprendiendo algo.

No era que mi abuela no conociera nuestros defectos. Era que nunca permitió que esos defectos fueran más importantes que el cariño que sentía por nosotros.

Estoy seguro de que, a lo largo de mi vida, también habrá justificado muchas de mis actitudes delante de otras personas. Seguramente habrá encontrado una explicación para alguno de mis errores y habrá salido en mi defensa en conversaciones en las que yo no estaba presente.

Y pensar en eso me hace comprender todavía mejor la clase de persona que era.

Mi abuela no necesitaba una familia perfecta para sentirse orgullosa de ella. Le bastaba con que fuera su familia.

Y ese orgullo lo demostraba constantemente.

Se alegraba por cualquier pequeño logro nuestro como si fuera el mayor de los triunfos. Preguntaba por todos, se interesaba por todos.

Así era ella: siempre encontraba algo bueno que destacar de cada uno, aunque a veces tuviera que esforzarse un poquito para encontrarlo.

Tenía aquella famosa libreta en la que apuntaba los cumpleaños y las fechas importantes.

En ella había sitio para todos. Para sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, nuestras parejas y hasta nuestros suegros.

Con los años la memoria empezó a fallarle, pero durante muchísimo tiempo aquella libreta le permitió conseguir algo que para ella era fundamental: que nadie se quedara sin su felicitación.

Quien conoce a mi abuela sabe lo importante que era para ella su fe.

Una fe profunda, que la acompañó durante toda su vida.

Podías contarle cualquier cosa: cómo te iba el trabajo, de dónde venías y adónde ibas, o qué planes tenías a corto o largo plazo.

Y ella, aunque te escuchaba, siempre acababa encontrando el momento para hacerte la misma pregunta:

«¿Y vas a misa?».

Porque así era mi abuela.

Una mujer creyente, alegre, diplomática, que disfrutaba de la calle, de salir a tomar cañas y cafés y de compartir una conversación.

Fue una enamorada de León.

Había algo de lo que se sentía especialmente orgullosa, casi a la altura de su familia, y que enseñaba a todo aquel que pisaba su casa: su balcón, desde donde se puede contemplar la catedral.

No sé cuántas veces la habría mirado a lo largo de su vida, pero sé cuánto le gustaba tenerla allí, delante de sus ojos, desde el que será siempre el balcón de Carmina.

No se puede hablar de mi abuela sin hablar de su casa. Una casa por la que siempre circulaban unos y otros: sus amigos, los amigos de los tíos, los de los primos… Un lugar donde encontrarse con alguien era casi inevitable.

Y probablemente la casa con más copias de llaves de todos los tiempos.

Allí estaba su famosa casa de muñecas, en la que, según decía ella, había jugado medio León.

Porque aquella casa está llena de recuerdos. De los suyos y de los nuestros.

Una mujer de costumbres, que me enseñó a jugar a la escoba y al rummy, dos juegos que dominaba.

Peculiar en algunas cosas. Por ejemplo, con los postres.

Podía venir un camarero y recitarle una carta con cincuenta postres diferentes.

Daba igual.

Siempre la misma pregunta:

«¿Hay flan?».

Para recordar lo que fue mi abuela hay que hablar de la que, durante muchos años, fue su segunda familia: la asociación de viudas.

Allí encontró grandes amistades, viajó muchísimo, compartió experiencias y se encargaba de gestionar la lotería, seguramente otra de sus pasiones.

Muchos de los que estamos aquí seguramente habremos recibido alguna vez por nuestro cumpleaños un cupón o uno de aquellos rascas que tanto le gustaba regalar.

Yo tengo la suerte de guardar muchos recuerdos personales con ella.

Cuando estudiaba en el instituto que estaba justo debajo de su casa, muchas veces subía durante los recreos a verla y a merendar un sobao. A veces la pillaba dormida porque había trasnochado viendo la tele, pero no le importaba que la despertara.

Tiempo después, cuando le tocaba a mi padre quedarse a dormir con ella, yo también iba algunas de esas noches.

No lo hacía por obligación.

Lo hacía porque me gustaba pasar aquel rato con ella.

Porque hay personas cuya compañía, sin necesidad de hacer nada extraordinario, te hace sentir bien. A mí, en una etapa complicada, estar con ella me daba paz.

Pero hay un recuerdo que guardaré con especial cariño durante toda mi vida.

El día de mi boda tuve la suerte de bailar con ella.

Se levantó de la silla de ruedas y empezamos a bailar. Se movía con una ligereza impropia de su edad.

Ni siquiera recuerdo qué canción estaba sonando, aunque podría comprobarlo, porque tengo la suerte de tener aquel momento en vídeo.

Pero recuerdo nítidamente aquel baile, disfrutando conmigo de uno de los días más importantes de mi vida.

Y recuerdo la emoción de todos los que nos estaban mirando.

A veces uno no es consciente, mientras está viviendo un momento, de que está construyendo un recuerdo que le acompañará para siempre.

Aquel baile fue uno de esos momentos.

Y hoy sé que, por muchos años que pasen, siempre que piense en mi boda, también me acordaré de mi abuela bailando conmigo.

No puedo despedir a mi abuela sin recordar a una persona que fue fundamental en su vida y en la historia de nuestra familia.

A su hermana, Merce.

Merce fue mucho más que una hermana con la que compartió su casa.

Fue una segunda madre para aquella familia de once hijos. Una mujer que cuidaba de todos, una artista y una persona extraordinariamente querida por quienes tuvimos la suerte de conocerla.

Nos dejó hace más de veinte años, pero nunca dejó de estar presente entre nosotros.

Porque en casa siempre se siguió hablando de Merce.

Hoy, al despedir a mi abuela, me gusta pensar que, después de tantos años, vuelve a encontrarse con ella, entre otros muchos seres queridos.

Y que, allí donde estén, puedan seguir compartiendo esa historia que durante tantos años construyeron juntas.

Hablar de mi abuela es hablar de la Navidad.

De aquellas reuniones familiares, de las partidas de bingo que tanto le gustaban y de los regalos que aparecían de parte del Niño Jesús.

Y, sobre todo, de los Reyes Magos.

Creo que todos los que hemos vivido aquella tradición sabemos que no ha habido muchos momentos comparables.

Aquella fila interminable en el pasillo, organizada por edades.

Los más pequeños delante. Los mayores detrás.

Y mi abuela entrando al salón acompañando al más pequeño de todos.

Aquella imagen, que repetimos durante tantos años, hoy tiene para mí un significado especial y la llevaré conmigo dondequiera que tenga mi hogar.

Recordar a mi abuela sin sus regalos no sería posible.

Regalos sencillos y modestos la mayoría de las veces.

Pero ella los compraba con una ilusión enorme.

Porque para mi abuela lo verdaderamente importante no era el regalo.

Era tener algo para cada uno.

Que nadie se quedara sin su detalle.

Y quizá eso explique mejor que nada cómo era.

Hay algo que creo que todos sentimos cuando una persona como mi abuela se marcha. Hoy No desaparece solamente alguien a quien queremos.

Debemos reconocer que también termina una etapa de nuestras vidas.

Porque las familias crecen, cambian y toman caminos distintos.

Y quizá por eso ella siempre encontraba algo bueno que decir de cada uno. Quizá por eso justificaba tanto, perdonaba tanto y seguía orgullosa de todos nosotros, independientemente de nuestras diferencias.

No quiero fingir que las cosas no van a cambiar.

Porque sin mi abuela nada será lo mismo.

Probablemente nunca volvamos a vivir unas Navidades exactamente como aquellas.

Pero hay cosas que no desaparecerán, viva quien viva en esa casa.

No desaparecerán los recuerdos de aquellas partidas de bingo.

Ni los regalos del Niño Jesús.

Ni aquella fila interminable esperando para entrar al salón.

Ni las risas, ni las conversaciones, ni todos esos pequeños momentos que, sin que nos diéramos cuenta, fueron construyendo nuestra historia.

Durante muchísimos años, mi abuela consiguió algo que no era nada fácil.

Que una familia tan grande, con tantas personalidades, tantas vidas y tantas diferencias, siguiera encontrando momentos para reunirse.

Y lo hizo a su manera.

Justificando casi todo, preocupándose por todos y queriéndonos incluso cuando alguno no se lo poníamos fácil.

Hoy nos despedimos de una madre de once hijos. De una abuela y bisabuela orgullosa. De una hermana que quiso profundamente a los suyos. De una mujer de fe, alegre, generosa y buena.

Y yo quiero darle las gracias.

Gracias por aquellos recreos en los que subía a verte.

Por aquellas noches en las que tuve la suerte de acompañarte.

Por aquel baile inolvidable el día de mi boda.

Por tus felicitaciones, tu libreta, tus regalos y aquella pregunta sobre si iba a misa.

Por tu alegría y por todos esos pequeños recuerdos que hoy tienen un valor inmenso.

Gracias por defenderme, incluso en aquellas ocasiones en las que yo no sabía que lo estabas haciendo.

Y gracias por enseñarme, aunque haya tardado muchos años en comprenderlo, que hay una forma de querer que consiste en no dejar de encontrar algo bueno en los demás.

Abuela, quizá nunca volvamos a hacer aquella fila el día de Reyes.

Pero nadie podrá quitarnos lo que vivimos allí.

Y, sobre todo, nadie podrá quitarnos el recuerdo de verte entrar en aquel salón junto al más pequeño de la familia.

Porque, ahora que lo pienso, aquella imagen resume perfectamente tu vida.

Y durante casi un siglo, entre tus hijos, tus nietos y tus bisnietos, siempre hubo sitio para uno más en tu corazón.

Gracias por todo, abuela.

Te voy a echar muchísimo de menos.

Descansa en paz.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Archivado en
Lo más leído