Otro amigo de un servidor, que era un casta de tres pares, (se dice el pecado, pero no el pecador) tenía, el sinvergüenza, dos novias. Una de aquellas nocheviejas, había dejado depositada una de ellas en compañía de unos amigos en el Cantábrico, y la otra, así mismo con su correspondiente escolta (no hay que hacer distinciones) en la Viña H, en la calle República Argentina. El tío iba de un café al otro para atender ahora a la una, ahora a la otra. Tiene gracia la conexión con la Viña H, porque la misma leyenda urbana reza que ese fue el lugar donde, en los 70, se había gestado la redada del Cantábrico, después de unas cuantas rondas de güisquis entre policías y periodistas, acompañadas de la famosa y dañina frase «a que no hay huevos». Esa noche ochentera de las dos novias del colega, otros colegas de juergas y yo tuvimos el privilegio de estar de conversación con ambas, en ambas parroquias. Al citado no le llegamos a ver, afortunadamente, porque si no, quizá hoy tendría yo antecedentes penales por asesinato. Aunque aseguro que había más candidatos al oficio de verdugo.
Y ahora, la ley de actualización de alquileres ha dado al traste con el Cantábrico, que ha tenido que cerrar sus puertas, y yo siento que una parte de muchas vidas se va, y me siento verdaderamente mal, y mejor me pongo a hablar de otra cosa.
A ver si en la próxima feria del libro de ocasión consigo localizar el puñetero libro sobre los Beatles. Cuando lo perdí en el Cantábrico, todavía no lo había leído.
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