Bares, que lugares...

Javier Garnica Cortezo
17/02/2015
 Actualizado a 09/02/2019
Las leyendas urbanas dan chispa a nuestra vida. ¿Que sería de nosotros sin ellas? La leyenda urbana de la redada del Café Bar Cantábrico decía que aquella noche del 76, cuando un policía irrumpió en plena partida de chapas, encontró allí a políticos, banqueros, e incluso a un obispo. Vete a saber, pero el caso es que allí debía haber mucho ambiente, sin duda. La misma leyenda dice que el citado ‘policeman’, al descubrir la categoría de personajes que allí le daban al burle, soltó un sonoro «Me cago en … Diógenes», lo que en aquellos tiempos todavía no muy dejados de costumbres, le acarreó males sin cuento. Que los políticos se reunieran en el Cantábrico, ya sea al burle o a departir, no era nada raro. Dice el maestro Raúl del Pozo que las revoluciones, como las noticias, surgen en los cafés. Allí se juntaban también en los años 80 (esto lo se yo porque si), una senadora del PSOE y un senador del PP a departir sobre un hobby que les unía, hasta que desde sus respectivas formaciones les llamaron la atención, porque hacía feo que el personal les viese juntos. (¡Ay del escandaloso...!). Y tantos recuerdos de tantos compañeros de viaje. Mi amigo L.J. Era un entusiasta a muerte de Los Beatles, y en cuanto salió al mercado, en plena década de los 60, el libro que sobre ellos escribió su representante Brian Epstein, se hizo con él. Y yo tuve la mala suerte, que lamentaré de por vida, de olvidar el libro sobre una barandilla del antiguo Cantábrico, mientras tomaba una tortita con nata. Volví a los cinco minutos, pero ya había desaparecido.

Otro amigo de un servidor, que era un casta de tres pares, (se dice el pecado, pero no el pecador) tenía, el sinvergüenza, dos novias. Una de aquellas nocheviejas, había dejado depositada una de ellas en compañía de unos amigos en el Cantábrico, y la otra, así mismo con su correspondiente escolta (no hay que hacer distinciones) en la Viña H, en la calle República Argentina. El tío iba de un café al otro para atender ahora a la una, ahora a la otra. Tiene gracia la conexión con la Viña H, porque la misma leyenda urbana reza que ese fue el lugar donde, en los 70, se había gestado la redada del Cantábrico, después de unas cuantas rondas de güisquis entre policías y periodistas, acompañadas de la famosa y dañina frase «a que no hay huevos». Esa noche ochentera de las dos novias del colega, otros colegas de juergas y yo tuvimos el privilegio de estar de conversación con ambas, en ambas parroquias. Al citado no le llegamos a ver, afortunadamente, porque si no, quizá hoy tendría yo antecedentes penales por asesinato. Aunque aseguro que había más candidatos al oficio de verdugo.

Y ahora, la ley de actualización de alquileres ha dado al traste con el Cantábrico, que ha tenido que cerrar sus puertas, y yo siento que una parte de muchas vidas se va, y me siento verdaderamente mal, y mejor me pongo a hablar de otra cosa.

A ver si en la próxima feria del libro de ocasión consigo localizar el puñetero libro sobre los Beatles. Cuando lo perdí en el Cantábrico, todavía no lo había leído.
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