Aquella primavera «de nuestro descontento»

Bruno Marcos
14/05/2016
 Actualizado a 08/09/2019
«En el invierno de nuestro descontento», la conocida frase de Shakespeare que da comienzo a su obra teatral Ricardo III, ha servido en numerosas ocasiones como inicio de todo tipo de textos sobre revueltas y revoluciones. Hoy viene al caso para recordar aquella primavera que lo fue del nuestro, aquella en la que las plazas de las ciudades fueron tomadas por los ciudadanos que acamparon en ellas. Aquel descontento venía, extraña y poéticamente, como un eco de otros que, poco antes, se habían producido en la periferia del primer mundo donde la pobreza, el analfabetismo, la represión o la superstición no podían seguir por más tiempo apuntalando un muro de contención».

La primera fue la revolución tunecina, desencadenada tras prenderse fuego un joven universitario al que la policía había confiscado su puesto ambulante de venta de frutas condenándole al paro y a la miseria. La más significativa la de la plaza Tahrir, en El Cairo, en la quelapoblaciónseatrincheróenlafamosaplazahastaqueelpresidenteHosniMubarak renunció, tras casi 30 años de gobierno. Se desataron luego muchas otras en lo que se denominó genéricamente «las primaveras árabes».

Los ojos del mundo, por entonces, se asombraron de aquellos acontecimientos que se presentaban de una forma espontánea. Parecía que, de pronto, lo histórico estaba haciendo acto de presencia sin necesidad de convocar el horror como en los atentados de las torres gemelas. Detrás de aquellas primaveras árabes no parecía haber partidos políticos, intereses económicos, ansias de poder, ni siquiera líderes.

El espectáculo fue conmovedor en El Cairo, ciudadanos de todo tipo que permanecían en la plazadíaynoche,que,atrincherados,repelíanlosataquesconpiedrasdelsuelo,quese protegían la cabeza con papeleras de plástico y que vendaban con jirones de su ropa las heridas de sus compañeros. Mientras, el gobierno les cortaba el teléfono, clausuraba la televisión Al Jazeeraqueretransmitíaatiemporealdesdelosbalconesdelaplaza,enviabapolicías disfrazados de civiles para propagar el pánico del pillaje por toda la ciudad y, al final, cargó con caballos e incluso camellos.

De un día a otro la plaza de Tahrir se vio cubierta de cascotes, fortificada de barricadas, con una masa humana taponando las vías, cerrándolas para que lo viejo, lo podrido, no entrara en esa plaza ganada, como si realmente un concepto tan abstracto como la libertad pudiera ser defendido sobre un suelo físico y, una vez tomado, ese suelo se pudiera mantener en el centro de Egipto, en el centro de África y en el centro del mundo. Mubarak, intentando perpetuarse, les dio a los egipcios algo que simbólicamente es muy hermoso, la posibilidad de luchar con sus propias manos por su patria y su libertad.

Ante las constantes noticias que presentan la democracia nuestra como un lugar putrefacto, aquellas revueltas que pedían poder trabajar, opinar, amar y vivir con naturalidad, nos regalaron al resto un gesto ejemplar. De ahí que los países que ya teníamos la democracia que ellos anhelaban, como España, hiciéramos un ejercicio de autocrítica igualmente desde la ciudadanía.

También aquí el espacio público fue tomado por las buenas y se acampó en la Puerta del Sol y en todas las plazas de España, como si realmente el centro de las ciudades fuera además de un espacio físico, uno mental y político, que durante demasiado tiempo habíamos cedido. Lo que surgió de manera espontánea fue la idea pura de ciudad, la ciudad como reunión y no como suelo inmobiliario, la ciudad como ágora clásica.

No en vano en los campamentos se crearon calles, como si esa anomalía que le había surgido al sistema fuera una célula primitiva de la misma ciudad que se desplazaba hacia atrás para reconstruirla. Y no en vano se establecieron sobre los adoquines de los centros de las urbes, porque allí el maquillaje urbanístico había sido más laborioso y, por lo tanto, era más efectivo mostrar que estaban sin poder, sin voz, sin recursos, soñando cambiar el mundo.

Optaron, como en la plaza egipcia de Tahrir, por el emplazamiento humano en lugar de la manifestación.Ponerseavivirenmediodelasciudadesconunasciudadesprimitivas, organizadas, con intendencia, con guarderías, con asambleas, como si de un juego infantil de reproducción de la realidad se tratase despoblándolo de complejidad, como si en esa esencialidad brotase lo básico y se pudiera empezar de nuevo.

En un momento dado coincidieron en las plazas los que hasta ese momento habían vivido bien –y recientemente se les había explicado que por encima de sus posibilidades– con los hijos de todas las revoluciones pendientes y, por unos días, pareció que no se iban a retirar nunca, como aquellos de la Revolución Francesa en la sala del ‘Juego de la pelota’, que no se irían hasta que tuviéramos otra Constitución, pero al fin todo se disolvió quedando algo inconcreto que hoy, cinco años después, llamamos «el espíritu 15-m» y que unos y otros quieren usufructuar hasta que se olvide.
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