Está a punto de comenzar el periodo más importante del año litúrgico, verdadera etapa privilegiada para quienes desean vivirla intensamente, de 90 días de duración, que comienza el día 18 de febrero, miércoles de ceniza, y concluirá el 24 de mayo de 2015, domingo de Pentecostés. Me estoy refiriendo a la Cuaresma y a la Cincuentena pascual y, entre uno y otro tiempo, al Santo Triduo de Jesucristo, muerto, sepultado y resucitado al final de la Semana santa. La cumbre de toda esa gran etapa es la vigilia pascual que inaugura, en plena noche, el domingo de la Resurrección del Señor. Las palabras de san Pablo que se leen en la celebración de la ceniza, se refieren a todo este conjunto, en el que tan importante es el compromiso de conversión, sin olvidar la alegría del reencuentro con el Resucitado recibiendo de él el don del Espíritu Santo: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Cor 6,2).
El gesto de recibir la ceniza no tiene nada de mágico, pero es muy significativo. Es cierto que ha sido interpretado como un recordatorio de la cruda realidad del final de la vida humana, reflejada en las palabras del Génesis: de la tierra «fuiste sacado, pues eres polvo y al polvo volverás» (3,19). Pero, sin excluir del todo esa referencia a la conversión. Por eso la Iglesia, al imponer la ceniza, prefiere decir: «Conviértete y cree en el Evangelio» (Mt 3,2), o sea, en las promesas del Señor que dijo, por ejemplo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,35). Esta frase explica también el sentido de la privación de algún alimento durante la Cuaresma, en concreto el ayuno y la abstinencia. El principal significado de estos nuevos gestos, sin excluir el aspecto penitencial y caritativo, está en la misma línea de lo que es la Pascua, es decir, dejar un alimento material para nutrirse con el que nos da la vida eterna. Y, de la misma manera, abandonar actitudes, situaciones, realidades de pecado, mediante el arrepentimiento y la recepción del sacramento de la Penitencia. Todo esto significa la conversión en el tiempo favorable que va a comenzar.
Pero la conversión comprende también aspectos muy concretos de nuestra vida. Cada uno sabe cuáles son estos. En términos generales, mirando a nuestra realidad pastoral diocesana, permitidme invitaros a que os preguntéis de qué modo estáis viviendo el objetivo central de este curso, la alegría cristiana, personalmente, como familia, como miembros de una comunidad o parroquia, como sacerdotes, como consagrados/as, catequistas, colaboradores en otras tareas eclesiales, etc. ¿Estáis, estamos todos, esforzándonos lo suficiente para hacer realidad lo que pide el programa pastoral tanto en el ámbito general de la evangelización como en el específico de cada grupo eclesial o comunidad? ¿Qué aportamos y con qué talante lo hacemos, a la renovación de la misión y de las estructuras diocesanas, parroquiales, etc., y a otras previsiones señaladas en los respectivos programas pastorales?
El papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, titulado ‘Fortalezcan sus corazones’ invita también a la conversión ante la globalización de la indiferencia recordando que la conversión exige, sobre todo, un cambio de mentalidad y que se traduzca en hechos concretos para no reducirse a palabras que se las lleva el viento.
Con mi cordial saludo y bendición.
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