05/11/2026
 Actualizado a 05/11/2026
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Vuelvo, después de la depresión de la semana pasada, a continuar mi artículo de hace quince días, si no os importa. El caso es que hablaba en él de como los poderes públicos han conseguido acabar con la inmensa mayoría de los pueblos de esta provincia nuestra, y de los Zamora, y los de Salamanca...; hoy intentaré explicar a los más jóvenes que me leen como eran las comunicaciones en León hace cincuenta años, históricamente, antes de ayer. Desde La Robla y desde León partía un tren que llegaba a Bilbao y que vertebraba toda la montaña oriental. Iba más lento que el caballo del malo, pero, la verdad, a nadie le importaba. Además, era muy barato y siempre llegaba. Lo intentaron (y lo han conseguido), desmantelar. Llevamos un montón de años sin estación en la ciudad, con lo que los pocos viajeros que lo cogen tienen que ir hasta un descampado al final de la Palomera para iniciar un viaje. Excuso decir que la frecuencia de los trenes hoy es incomparablemente menor que entonces. Además, los trenes que usan son de quinta o sexta mano, expuestos a averías sin cuento; son los que utilizaron, nuevos, en Asturias, región que sí sigue contando con una red de FEVE que no ha cambiado nada en todo este tiempo nuestro de tribulaciones. Otro ejemplo: venir de Toral de los Vados a León en tren era normal y cómodo. Uno usó ese tren muchas veces y aunque no iba tan lento como El Hullero, tampoco hacía ningún alarde de velocidad: llegaba, y como todos los trenes venían de Galicia, alguno de ellos míticos, como «el Estrella» que acababa en Barcelona, y los asientos no eran como ahora de bancos corridos, sino que seguía habiendo compartimentos de ocho plazas, te sentabas y en nada habías iniciado una conversación con una señora que era de Monforte de Lemos y que iba a ver a su hijo y a sus nietos a la Ciudad Condal; no habías llegado a Astorga y ya sabías toda su vida, que, esencialmente, era idéntica a la de mi madre o a la de mi suegra: mucho trabajo, muchas responsabilidades y poco reconocimiento, sobre todo de su madre política. Excuso, de nuevo, comparar aquello con los viajes actuales en el AVE: todo el mundo mirando todo el tiempo el teléfono y nadie conversando. 

Como en España nunca hay medias tintas, hemos pasado en nada de tiempo de aquellos trenes encantadores y lentos a los mentados AVE, que vienen a ser como un funcionario eficiente, pero sin gracia. No; no voy a hablar de los accidentes que nos consumen el alma estos últimos tiempos; no me apetece nada de nada porque entramos en el mundo de la alta política, del «y tú más», de la descalificación burda y ofensiva. Solo digo que los trenes lentos y ruidosos vertebraban España de una manera que los modernos son incapaces de hacer. Claro que he cogido el AVE para ir a Madrid o a Andalucía, pero, creedme, no es lo mismo. La 2, durante mucho tiempo, emitió un programa de viajes en tren que recorrían cualquier parte del mundo que presentaba Michael Portillo, un inglés de padre español que fue ministro de Defensa del gobierno de su «graciosa Majestad» y que eran espectaculares. 

Esos eran mis trenes y no los «Avelinos»; viajar en aquellos trenes te llevaba a la misma definición de la palabra «viaje»: conocer todo, y, para eso, es menester hacerlo sin prisa, porque, como los dicen los moros del chiste, «prisa mata, hermano». Además, cuando montaba en el «Estrella», en Toral, en Ponferrada o en Atapuerca, me sentía como Hércules Poirot a bordo del «Orient Express», intentando averiguar quién había sido el felón que cometió el asesinato..., puro romanticismo, pura nostalgia. Y, a mi pesar, todo el mundo habla y no para de la inseguridad de los nuevos trenes monstruosos, esos que alcanzan los trescientos kilómetros por hora y que van a lograr hacer caer, definitivamente, al gobierno de Sánchez. País de pirados... 

Salud y anarquía.

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