Comienza la trashumancia interior. Los ganados, las ovejas, y las cabras del llano de la provincia suben a los puertos de montaña, donde nacen los ríos,a aprovechar la dulce hierba y el ramaje tierno que va naciendo y así cumplen los campesinos con el sagrado deber de compartir la tierra.
Para eso el largo invierno que cubrió los puertos, pero dejó libre la llanura, nutrió el subsuelo y lo protegió para que ahora las larguisimas laderas de abedules y robledal, y hasta sabinas, sea capaces de criar en su sueío todo tipo de alimento que si no se come, se quemará en verano y arderán hasta las sueños.
Al final del verano bajarán de nueva los ganados a sus llanuras y , como regalo,dejarán alguna vieja res res a los montañeses para que celebren «la borregada». Pero esa es otra historia, que en Cárrmenes, por ejemplo, consiste en uno de los acontecimientos más importantes y la que acudíen hasta los exiliados.
Pero de la trashumancia que quiere hablar el cronista es otra. Sus propios padres la vivieron. Se trataba de los niños y niñas que subían a la montaña desde los valles inmediatos para cuidar el ganado: las vacas, los cabellos, en casa sen las que faltaban manos para agarrar el cayado y el cesto y acompañar durante la larga jornada a las bestias hasta esa hura en la que la tarde comenzaba a morir y corrían el riesgo que que viniera el lobo.
A la madre del cronista, con 9 años, (1918) la tocó subir desde Valdehalcón (Gradefes. Rio Esla) hasta Puebla de Lillo (alto Porma) Y allí, en la casa del cura que vivía con una hermana, la cogieron con los brazos abiertos y la enseñaron a leer y a escribir y las cuatro reglas. Allí en aquellas largas noches sin TV las noches eran eternas y a l calor del «fuego a tierra» escuchaba de los sabios labios del S. Cura las leyendas de Fontemosa, la del Ausente, la del lago Isoba.
Los mastines eran sus únicos amigos y confidentes. A ellos les contaba sus penas y sus sueños. Con ellos compartía el mendrugo de pan. De ellos dependía para que todo se mantuviera quieto mientras echaba la pequeña siesta. La trashumancia de la pobreza extrema marcó sus vidas y luego, cuand llegó la guerra y vieron los cadáveres tirados por las cunetas, ya no eran capaces de llorar, ni de volver a casa. Se casaban con otros desterrados, y tenían hijos, y soñaban con que algún día todo aquello terminase y pudieran regresar a casa de sus padres.
Trashumancia del amor, se llama.