La política, a veces, es como aquel torpe detective venido a menos que, al observar unas huellas de zapatos muy marcadas en el lugar del robo, exclamó con voz impostada y grave: «Ya tengo el hilo del delito, por aquí ha pasado el ladrón». Y al decirlo, se arremolinó consigo mismo en un ejercicio de narcisismo atolondrado y bobalicón. Creía tener olfato de sabueso, pero hasta el menos avispado lo habría deducido. Pues bien, el problema actual de quienes se dedican al politiqueo es que asumen a pies juntillas que el electorado es estúpido y se traga todos los sables que le ponen por delante. Lanzan mensajes a diestro y siniestro –en cualquier dirección–, confiando en que el sufrido votante, en un ejercicio de buena voluntad, los asuma como verídicos y realizables. Lo malo es que hay quienes se lo toman como un estricto acto de fe.
No obstante, en algo sí están de acuerdo los ‘cazadores’ de votos de cualquier pelaje y procedencia: la falta de memoria del contribuyente, que es quien sostiene el tinglado (y sus generosos sueldos). La gente es olvidadiza por sistema y el frenético ritmo en que se desarrollan los acontecimientos ayuda a ello. Si bien es cierto que todos mienten o, en el mejor de los casos, cuentan medias verdades envueltas en celofán para ganar confianzas, siempre hay quien se lleva la palma.
En esta línea de mendacidades se desarrolló un invento, un nuevo abracadabra, que ha servido de salvavidas averiado a los socialistas; a Pedro Sánchez, sociedad limitada, por centrar el tiro. Lo del «cambio de opinión» ha sido su particular jauja, con la que ha justificado –y le han justificado en medios y tertulias sus más fieles cafeteros– contrasentidos y añagazas. Al asesor que dio con la frasecita de marras lo tendrá en los altares y en sus oraciones ateas. No es para menos. Que en Dios no creerá, pero la Virgen se le ha aparecido en La Moncloa incontables veces. A él, es presumible, jamás se le habría ocurrido tal idea de la permuta. De modo que eso del cambio de opinión le ha servido para (casi) todo, como ocurría en las viejas boticas con el famoso bálsamo de Fierabrás que retratara la pluma de Miguel de Cervantes.
Además, el ‘amo’ ha practicado el filibusterismo durante los últimos años con una soltura impresionante, enseñando los dientes al estilo Pantoja para desdén del personal. La presentación y debate de los Presupuestos Generales del Estado –algo fundamental en una democracia– se la ha pasado por donde ha querido (y ese ‘dónde’ no es difícil de intuir). Qué problema va a tener, si invoca la Constitución cuando le beneficia y la arrumba cuando no le interesa. Mentiras y trapicheos a la carta.
Lo normal es que la gente con sentido común no se chupe el dedo y rechace la bazofia de falsedades que se anunciarán de aquí a las elecciones. Ahora bien, si a alguien le va la marcha, adelante con los faroles; porque, de ser así, en el pecado llevará la penitencia durante mucho tiempo. Dados los tiempos que corren y una situación en la calle que, de continuar en ese tono agresivo, acabará en revueltas e inseguridad, habrá que tentarse la ropa y pensar en el futuro con sensatez.
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