Un día cualquiera, no sabes qué hora es, pero aparecen como recién barridas en la mañana, las aceras de la avenida de Ordoño II, ocupadas por hileras humanas que le toman el pulso a la vida de esta pequeña ciudad.
A la altura de la DGT, una cola de jóvenes expectantes sueñan con estrenar las carreteras al volante del coche familiar si logran superar el inquietante examen de conducir. En casa les han dicho que se apliquen, que lo de renovar papeles no está tan claro, así que mejor a la primera.
Un poquito más arriba, a menos de cincuenta metros, y ya cerca del huraño Guzmán, que intimida desde su rácano pedestal, enfadado porque le quitaron su bufanda de ‘la Cultu’, usuarios ávidos de noticias de su fortuna, se arraciman expectantes frente al cajero de turno. Unos para comprobar su pecunio, otros para aminorarlo con el pago de tributos varios –lo que tiene tener– mientras otros rezan para que aún haya fondos en la cuenta. No hay manera de multiplicar ganancias.
En frente, en la que también fuera la sede de un banco, buque insignia de las finanzas legionenses, y ahora hogar de dependencias municipales, se multiplican a diario cientos de personas apelotonadas.
En una columna cuelga el cartel de aforo completo. Aquí no cabe un alfiler más. Los aspirantes serpentean el hall formado una espiral como reptil que se muerde la cola, con toda la documentación en ristre, ansiosos de pasar el trance. Tal vez empatizando con un conocido al que ojearon en la oficina de extranjería. NIE.
¿Por qué no cambiarlo por DUI? Documento Universal de Identidad, como el que ha diseñado el alumnado del IES Valles de Luna, de Santa Maria del Páramo idea recreada como propuesta de la exposición de Yoko Ono, actualmente en el Musac.
Ciudadanos del mundo.
Estos huyeron de páramos desolados buscando cobijo en esta tierra.
Apellidos: ciudadano. Nombre: sapiens. Nacionalidad: terrestre. Así reza el documento que inventaron los alumnos.
Y pienso en Yamen, ese alumno que se lamenta porque no tiene dinero para cambiar de cola e irse a la de enfrente, en la que te guardan lo que ganas, para poder comprarte algún día un BMW, que en Siria no tenía. Y llevar acaso a su novia, como la chica de ayer que veía aquel rockero, asomada a la ventanilla. Con la que irá a dar un paseo con su permiso de conducir recién sacado. Ya le veo ahora posicionarse entre aquella pandilla de adolescentes ante la DGT, que comparten sus ilusiones, bromeando con su compañero de cola de delante al que acaba de conocer, pero con el que le unen expectativas, miedos, camaradería, juventud desbordante, una pizca de impaciencia y una credencial llamada Documento Universal de Identidad.
Hay colas en las que debería poder colarse todo el mundo.