Esta semana ha sido una de esas en que sentí en el alma –por fortuna, no en el cuerpo– cómo, sin aviso, se hizo realidad un título de novela que, a veces, uso para intentar explicar cosas del cotidiano vivir: «La vida sale al encuentro». Mas esta vez no fue, como suele ser, para comentar cosa de bien, sino una dolencia ajena que, por esos invisibles e incluso a veces inexplicables lazos que teje la amistad, también ahora, aun de manera no comparable, es propia. Como en la mayoría de estos casos la insana nueva llegó por teléfono y, aunque en el momento intenté hacerme el falso duro o Humphrey Bogart, pronto percibí en mí los efectos del vital trabucazo.
Uno sabe de lo efímero de días y vida e incluso tiene muy cavilado y escrito que «Como apasionado amante / de la vida / hablo mucho con la muerte» y cómo esta «… la deseo sosegada, / no abrazado por dolorosas garras / ni con mis voluptuosos sentidos / desahuciados de la vida atesorada», mas nunca se sabe a ciencia cierta cómo pueden ser esas salidas al encuentro de la tan, unas veces, genial y maravillosa vida; tan puta, sin perdón, otras.
Llevo días recordando con inmensa emoción la gran paciencia que mi padre puso en enseñarme las milagrosas artes del leer y el escribir. Le escucho ahora, mientras escribo, las explicaciones, previas a cada tiempo a ello dedicado, con que me avanzaba los disfrutes que me esperaban al ir delineando una a una cada una de las letras que componen las palabras y cómo estas, una vez terminadas, abren en el cerebro (a veces también en el corazón) toda una riquísima representación de su significado, desde el más sencillo hasta el más complejo. ¡Pruebe!, escriba o diga ahora, aun sea para sí mismo, cualquier palabra (padre, papá, hija, amor, amigo, paralelepípedo), cualquiera. ¿No siente la explosión de significados, de recuerdos, de imágenes, de sentimientos, de vida que encierra cualquiera que haya elegido? ¿Y qué decir del leer, de todo lo descubierto, aprendido, gracias a tantas y tantas personas que por escrito nos lo han transmitido?
¿Bien? No, mejor mal. Pues, ahora, imagínese que han desaparecido de su cerebro, de su memoria un gran número de las mil, mil quinientas palabras que habitualmente usamos (un 5 % de las que se supone conocemos) y que igualmente hemos perdido nuestra capacidad de entender lo que leemos. O, aún peor, que su vocación y trabajo es con las palabras, bien para escribir, bien para editar. ¡Qué trabucazo el tuyo, amigo! ¡Qué trabucazo el mío, el nuestro! La vida...
¡Salud!, y buena semana hagamos.