Estamos en junio, el mes en el que acaba la primavera y comienza el verano, el mes de las primeras fiestas en los pueblos, el mes en el que los políticos terminan su trabajo en el congreso para cogerse unas vacaciones de maestro, el mes, en fin, en el que acaba el plazo para presentar la declaración de la renta de las personas físicas. Tengo, en la tertulia de café de la mañana un conflicto franco-checo a cuenta de los impuestos, un año sí y otro también. Uno, por supuesto, no está en contra de pagar a hacienda: me parece la cosa más lógica del mundo. En lo que no estoy de acuerdo es en cómo se gastan mis dineros, y, sobre todo, en cómo mis amigos y un servidor pagan al fisco mucho más parné que la mayoría de los ricos de este país. Según la Constitución, «España es un Estado social y democrático de derecho», la definición perfecta de un país progresista, pese a quién pese. Esta teoría, por desgracia, no se cumple, empezando por los impuestos, porque, cualquier persona racional entiende que estos deben de estar sujetos a un principio de proporcionalidad: quién más tiene, más paga; quién menos tiene, menos paga. «Tararí que te vi», querido amigo. Todos sabemos que muchos de nuestros ricos tienen su domicilio fiscal en Andorra o en el País Vasco, dónde se paga menos, mucho menos. Y luego están los asesores fiscales de los ricos, que, por lo visto, son mucho más listos que el mi José Ramón (cosa que dudo), o que tienen muchos menos escrúpulos que él (cosa de la que estoy seguro), y que logran que a los mentados millonarios la cosa les salga casi a devolver. Y luego están los impuestos indirectos, la historia más injusta sobre la faz de la tierra. Uno fuma, para mi desgracia, echa gasolina a un puto Suzuki que tiene dieciséis años y que consume más de lo que debería y paga los mismos impuestos indirectos que otro que fuma Cohíbas y que circula por la carretera en un Porche o en un Mercedes último modelo. Y que nadie me venga con la tontería de que estos adalides del engaño, del fraude, necesitan tener dinero para que sus empresas crezcan, para crear puestos de trabajo..., ¡por dios bendito!, cuándo caradura hay en este país... La culpa, por supuesto, no es de ellos; el tema de la picaresca española no tiene fecha de inicio, pero seguro que tampoco la tiene de final; seguirá ocurriendo mientras quede un español vivo, lo que es una desgracia de terribles proporciones. La culpa, al final, la tienen los políticos que lo permiten, los que «necesitan» llevarse bien con los empresarios que les solucionarán su vejez, cobrando una infame cantidad de dinero como miembros de cualquier consejo de administración. Ya sabéis: entre bueyes no hay cornadas; todos funcionan como putas de las caras, de esas que te sangran por echar un polvo en el que fingen orgasmos que nunca tendrán. A cuenta de estas señoras: el otro día, en la tertulia, salió el nombre de una de ellas; no sucedió por nada en particular, simplemente salió, y yo, como queriendo sentenciar, afirme: «sí, es puta». Sé que la cagué, porque estas cosas se piensan, pero no se dicen, no vaya a ser... Uno de los contertulios, el de ingenio más pronto y afilado, como queriendo poner fin a la diatriba, concluyó: «como todos: «esputa» cuándo tose». Además de reírnos a mandíbula partida por la ocurrencia, uno tuvo que darle la razón, ya que todos «esputamos» cuándo tenemos un catarro del copón y estornudamos durante cinco minutos seguidos. Es la riqueza del idioma castellano y su dificultad para ser aprendido por los extranjeros (si queréis troncharos de risa con estos equívocos, leed, por favor, «La tesis de Nancy» de Ramón J. Sénder y sabréis de lo que hablo). Otro ejemplo, Salma Hayek. Esta buena señora es mexicana de nacimiento y tiene también las nacionalidades francesa y estadounidense. Habla perfectamente español, inglés y francés. En una entrevista en una televisión yanqui, la preguntaron cuál era el idioma que utilizaba para reñir y dominar a sus hijos y respondió, sin dudar, que el español: era el único en que la hacían caso, mayormente porque es el que mejor expresa los sentimientos. Se le olvidó decir (supongo que no era el momento), que es el mejor del mundo para ofender, tanto a Dios cómo a los hombres, porque es el más vehemente. Otra riqueza que debemos explotar y que no hacemos ni poco ni nada. Salud y anarquía.
Tos 1
25/06/2026
Actualizado a
25/06/2026
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