Si Torrente fuera leonés desayunaría orujo en la churrería de Santa Ana, comería a diario de tapas por los bares de El Ejido y se sentaría los domingos de fútbol en el fondo norte del Reino de León. Desde allí, dando codazos al tipo de su izquierda, al que ocuparía medio asiento con una de sus nalgas, habría criticado esta temporada a Llona, Ziganda y De la Barrera, sentando cátedra a base de «ese brasileño está gordo», «el 14 no es mediocentro para Segunda» o «¿qué coño hace arbitrando una tía?».
Si Torrente fuera leonés tendría en su camisa un lamparón de morcilla, de la que le serviría su amigo el de ‘La Bicha’, y no se quitaría el palillo de la boca, esto es literal, ni para la foto del DNI. Arreglaría la provincia con una mano dando golpes a la barra y con la otra sujetando el vino al que le habría invitado un acompañante que no haría más que asentir con la cabeza. «Con dos días que nos dejaran…». Ambos procederían de un pueblo cercano a La Bañeza al que irían de ciento en viento; pero hoy, un miércoles más, recordarían la anécdota de por qué no compraron el décimo del Gordo cuando estuvieron por Los Santos. «Si me hacen a mí la de Villamanín ya te digo que no perdono un duro». Eructo largo, saludo con el mentón a un conocido que anda a la tragaperras y «niño, ponme otro que este vaso tiene un agujero».
Si Torrente fuera leonés idolatraría más a Café Quijano que a El Fary, es probable que siguiese llamando Continente a Carrefour y sería socio de La Venatoria o, tal vez, cofrade del Dulce Nombre. En cada evento folclórico entonaría a pecho partido el ‘Sin León no hubiera España’ y, disimulando que desconoce la letra, se limitaría a tararear el resto del himno. «¿Y aquí no ponen nada de comer?».
Si Torrente fuera leonés diría que para qué tanta peatonalización por el centro, que queda «como Dios» la enésima bandera púrpura en una rotonda y que, pese a que parece que luce el sol, en la ciudad debe estar lloviendo porque así lo pone un periódico centenario. Echaría la mañana escaqueándose del trabajo para ir a mirar las obras en una casa de la cultura, la tarde con una partida de las de cantar en baza propia y quién sabe si a la noche tocaría un paseo por la zona del mercado de ganados como los de años atrás por Papalaguinda. La bragueta, abierta. Las mangas, arremangadas.
Sí, Torrente podría ser leonés y usted también lo ha reconocido en esta columna. Una caricatura de una parte de nuestra sociedad que, de un modo o de otro, abunda hasta el punto de que si se presentase a las elecciones del domingo, como sucede en la sexta entrega de la saga que se estrenará pasado mañana, también las ganaría. Tal vez propondría que las otras ocho provincias invadiesen Valladolid o tal vez que se condonen todas las deudas de 6.000 pesetas de prieto picudo en cada bar de León; pero no cabe duda de que arrasaría en las urnas tanto por la desmotivación que provoca el resto de candidatos como por un electorado cada vez más propenso a comprar discursos como el suyo: simples, ruidosos y construidos para el aplauso rápido. Y así estamos… Torrente, presidente. Por mayoría, por aclamación.