A lo largo de mi vida y poniéndome en modo fan, he admirado a tres personas: José Tomás, Julio Vera y Andrés Calamaro.
Tuve la suerte de conocer a las dos primeras y estoy convencido de que a Andrés algún día podré decirle lo feliz que me ha hecho con sus canciones.
Mi relación con Julio Vera Cúder, El Zidane de la Corneta, viene de muy lejos. Tan atrás que incluso hubo un tiempo en el que nos conocíamos, pero que yo siendo un niño ya le seguía como ahora algunos chicos admiran a Dani Fernández.
En un mundo en el que internet estaba en proceso embrionario y en el que la música cofrade iba y venía a través de la Ruta de la Plata casi en diligencia, lo único que nos quedaba era la radio.
Mi primer contacto con Julio Vera, fue en 1.985 a través de la Cadena Ser que transmitió desde Radio Sevilla para toda España la Madrugá de la capital andaluza. El locutor de aquella, el gran Filiberto Mira junto con José Sánchez Araujo nos contaban con todo lujo de detalle lo que ocurría en la noche más esperada y mágica del año.
A través de ellos, algunos entendimos los contrastes, las distintas maneras de vivir la pasión, la fusión de la tradición y la vanguardia y sobre todo, cómo pueden convivir perfectamente sin ningún tipo de conflicto dentro de una ciudad, los aplausos con el silencio más sepulcral.
Mi padre tuvo la intuición de grabar aquello en un casete ese año y posteriores. Durante esa transmisión el Paso del Stmo. Cristo de las Tres Caídas entraba en la plaza de la Campana y el locutor, previendo la que se iba a formar, se acercó a la delantera de la banda, mientras que el director se desmonteraba ante todos los oyentes y dedicaba y marcaba Consolación y Lágrimas.
Años más tarde, concretamente en 1.993 tuvimos la suerte de que la banda con más pellizco y duende, viniese a León a demostrarnos que la corneta es un instrumento especial y que bien tocado es el único que puede conseguir que un Nazareno ande muy despacio mientras amanece.
Explicar lo que aquello supuso sería muy complicado, pero a los más jóvenes, les diré que aquel acto fue el que verdaderamente despertó y removió una Semana Santa que empezaba a anclarse en vicios peligrosos.
Quedamos en Santa Nonia para ensayar con ellos. Los apenas 55 músicos que allí se presentaron, se colocaron a la derecha del Altar, debajo de la Dolorosa. Separaron los bancos y tocaron María Stma del Rocío de José Ramón Pérez Soto. Aquella manera de interpretar hizo que nosotros no quisiésemos tocar porque algunos llegamos a pensar que aquello no era real. Tocaron El Manué y tal fue la aglomeración de gente que concurrió a la puerta de la iglesia que salieron al parque donde dieron un auténtico concierto.
El sonido de las Tres Caídas cambió no solo la manera de interpretar la música en León, sino que trajo aire fresco e ilusión a muchos jóvenes que se interesaron por un género para nada apreciado por sus paisanos. La música entró en las Cofradías con una fuerza terrible, revolucionando los grupos jóvenes y removiendo un avispero del que ya no había marcha atrás. La música cambió la manera de andar de los pasos, de adornarlos e incluso de entronizarlos. Pero lo más importante es que fue el mayor arma contra todo aquello que representaba lo anacrónico y casposo.
Aun conservo en casa de mis padres el vinilo de Toques de Triana que Julio me dedicó, donde me ponía que la música de Semana Santa era Universal, algo que yo con aquellos pocos años no entendí pero que me fui dando cuenta con el tiempo que no sólo la música sino que él también era Universal. Porque yo, como dice Alejandro Santos, era de Julio, hasta intenté tocar de lado como él, pero aquello era imposible.
Mañana Julio y su banda volverán a actuar en León, me hubiera gustado verlos en el parque de San Francisco, al que le robaron su sonido y le hicieron militar en silencio sin que los del escalón superior le defendiesen.
Mañana volverán a sonar las cornetas y los tambores, y por un momento recordaremos aquellos maravillosos años en los que un grupo de jóvenes nos reuníamos en torno a un viejo tambor y a una banda que dejaron morir.
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