Puede que estemos en el sendero de la reconciliación. Hace unos días (y debe ocurrir cada miércoles y sábado) en los imponentes jardines del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso un funcionario de Patrimonio Nacional vestido de verde Guardia Civil levanta una bandera de España. Amarrada a un pequeño palo de poco más de un metro debe alzar bien el brazo, con mezcla de desgana rutinaria y de respeto patriótico, hasta que ondea a la brisa de la Sierra de Guadarrama. Acompaña esta subida de bandera con un silbato que hace sonar repetidas veces para llamar la atención de los visitantes desperdigados entre los caminos. Comienza la ruta de encendido de las majestuosas fuentes que entretuvieron a los reyes de lo que fue un imperio. Una curiosa manifestación del españolismo turístico, de tercios en Flandes, versión ibérica de ‘La Libertad guiando al pueblo’ entre las estatuas mitológicas y los estanques del segoviano Versalles.
El funcionario abriendo paso con la enseña nacional a un desfile desordenado de pantalones cortos, gorras, cámaras de fotos y móviles disparando selfies a discrección. Todos tras la bandera. El único murmullo inicial de un grupo de andaluces, alguna pareja castellano y leonesa y una familia de vascos. Murmullo suave y sonrisas ante la escena, que sorprenden a los extranjeros que asumen con más naturalidad el simbolismo de la guía. Y avanza la comitiva, como un nuevo Comité de Defensa del Orgullo Nacional (tan maltratado y manipulado), que con el fondo de las fuentes y acercándose a palacio haría recoger a más de un monarca su corona y encomendarse al exilio. Pero el murmullo se disipa enseguida, y todos tras la bandera, casi con aire marcial para disfrutar de los antiguos entretenimientos regios de juegos de agua. Un auténtico acto de reconciliación nacional y de memoria histórica.
Además de desenterrar todas las cunetas y reparar la memoria de los olvidados tras ser vencidos. Además de la equiparación de la barbarie y de la crueldad de ambos bandos; de la tragedia máxima de la guerra entre hermanos. La Transición no terminará de verdad hasta que todos los españoles se reconcilien con sus símbolos. Recordaba el otro día Manuel Alcántara unas palabras de Gregorio Marañón que decía que las guerras civiles duran un siglo. Nos quedan 18 años y ya no habrá ‘Segunda Transición’. La ansiada democratización de los partidos políticos (las primarias son sal en todas las heridas) está contribuyendo a la polarización de sus proyectos. Superada la primera etapa del multipartidismo que buscaba la transversalidad, los líderes elegidos por la militancia son candidatos de trinchera ideológica que estrechan el espectro electoral y alejan una nueva era de las mayorías. Nos instalamos en el funambulismo parlamentario. Pero al menos esta nueva política, o nueva generación de líderes políticos, se va sacudiendo complejos y erradicando tabúes que solo se mantenían por el miedo a la involución cuando la democracia aún estaba tierna. De la bandera descomunal de Pedro Sánchez en 2015 hemos llegado al abanico de Santamaría y al orgullo de Casado pasando por el himno con letra de Marta Sánchez en las plataformas impulsadas por Ciudadanos. Ya no hay solo españolismo deportivo si no también un españolismo revindicativo (quizá como defensa, sea con reuniones sobreactuadas o con 155) ante los desafíos a la legalidad y la convivencia. Ojalá de aquella búsqueda de transversalidad nos quede al menos un histórico consenso en los símbolos, que se sequen de ideología. Todos tras la bandera, les recomiendo la experiencia. Alistarse en La Granja, cualquier tarde de verano. Por las fuentes y el desfile.
Todos tras la bandera
26/07/2018
Actualizado a
13/09/2019
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