Que el precio de los carburantes se iba a disparar nos lo temíamos desde que estalló el conflicto en oriente medio y el valor del barril de petróleo aumentó de forma drástica.
Las gasolineras han reflejado de forma inmediata ese aumento en el importe del litro de gasolina o gasoil hasta un punto en que llenar el depósito del vehículo tenga un coste desmedido, que roza lo inasumible.
Pero la repercusión no se detiene ahí. Continúa afectando en cadena al coste final que los asfixiados consumidores tenemos que pagar por los productos que adquirimos en tiendas y supermercados, muchos de ellos básicos. Y a quienes producen en origen esos alimentos, que ven cada vez menos compensado su esfuerzo.
Es la misma historia tantas veces repetida, como si viviésemos atrapados en el día de la marmota. Una y otra vez la conclusión es idéntica, cuando algo va mal siempre somos los mismos los que tenemos que asumir las consecuencias.
Los responsables de muchas de las situaciones adversas que soportamos no se ven afectados por esas consecuencias de forma tan directa ni al mismo nivel que el resto.
El descuento que se ha empezado a aplicar en las gasolineras supone un ligero alivio a la hora de repostar, pero es una medida a todas luces insuficiente porque apenas alcanza a compensar el incremento sufrido en las últimas semanas y porque es probable que se utilice como justificación ante otra subida.
O sea, pan para hoy y hambre para mañana.
Las grandes multinacionales aprovechan para cubrirse, más aún, las espaldas y sacar el máximo beneficio de las circunstancias.
¿De verdad una empresa que obtiene unas ganancias de cientos de millones no puede permitirse una pequeña reducción de estas con el fin de evitar el golpe a los más vulnerables?
¿Es justo que una decisión tomada por unos pocos altere a más de medio mundo?
¿Hasta dónde llega su codicia, ansia de poder y falta de escrúpulos?
Se dice que todo tiene un límite, aunque a veces la realidad nos demuestra que hay cosas que parecen no tenerlo.