Hay dolor en los mapas. Al principio de la tragedia del accidente en Toledo, las primeras horas se consumieron en un alivio sordo: parecía que no había fallecidos de León en el rosario de los misterios dolorosos de las víctimas. Con el cuentagotas de las horas, sin embargo, la estadística se hizo carne y se descubrió que algunos de nuestros paisanos habían cogido un tren por última vez.
Cuando nos enteramos de que un vecino, le conozcamos o no, ha sido pasto de la desgracia, la tragedia adquiere una textura distinta. Funciona como una suerte de pedigrí identitario: si el caído paseaba por nuestras mismas calles, nos duele de un modo más propio que el vecino de la provincia de al lado. Y el fenómeno alcanza su máxima expresión geopolítica cuando los muertos no llevan nuestro pasaporte. Hace poco, un accidente de parecidas características a las de Toledo sacudió otro país lejano y el contador de nuestra empatía apenas parpadeó.
Somos seres tribales por naturaleza. Asumimos instintivamente que quienes comparten patria con nosotros se nos parecen más que el resto de la especie, trazando fronteras invisibles en el mapa de la compasión.
Disculpen si, a mitad del duelo, salgo por la tangente tenística, pero el mecanismo es exactamente el mismo. Me hablaba el otro día mi padre de Carlos Alcaraz. Me confesaré: a mi padre le cae mal, lo encuentra soberbio y opina que no guarda la menor simetría con la elegancia cívica de Rafa Nadal. Sé que no está solo; mucha gente, más de la que parece en los corrillos bienpensantes, piensa idéntico. Es probable que sus partidos ya no congreguen a esos millones de espectadores hipnotizados que antaño se sentaban ante la pantalla con el pulso en vilo por Nadal.
Sin embargo, queremos que gane. Nos da igual que sea un torrente de virtudes o que a veces nos irrite su gesto; por el mero hecho de ondear la bandera española, sentimos sus victorias como propias. Juega el chico de El Palmar, pero es como si corriéramos nosotros.
En un mundo ideal, perfectamente justo y equilibrado, cualquier persona con dos dedos de frente iría con el italiano de turno por mero criterio estético o moral, al margen del pasaporte.
Al fin y al cabo, las dignidades morales pesan lo mismo para los vivos y para los muertos, ya pertenezcan a España o a Tanzania. Pero la moralidad universal es una cumbre demasiado fría.
El ser humano prefiere el calor de la hoguera de la tribu, aunque la llama, a veces, nos queme las manos.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.