Yo soy de un pueblo, yo soy de un pueblo de allá en El Bierzo… Llevo tatuada esa sintonía en mitad de una infancia netamente feliz. Como la del osito Misha -para el que siempre salía el sol- o la de aquella muchacha de la mochila azul, la de ojitos dormilones, que «me dejó gran inquietud y bajas calificaciones». Poesía en las aulas del inicio de un amor que pasó a ser la canción de nuestras vidas.
Si escarbo entre los instrumentos que hacen sonar la memoria, aparecen cientos de estribillos, pero pocos tan nítidos como los de los gemelos de Fabero. Aquellos Tito y Tita que poblaron las ondas de nuestra niñez y que, cuatro décadas después, han decidido desempolvar los recuerdos de quienes ya pintamos canas. Y se agradece. Porque la nostalgia siempre trae consigo una sonrisa.
Tenía que haber otro capítulo, aunque solo fuese un gesto compartido, un instante íntimo con lo que fuimos o una forma de regresar, aunque sea por un rato, del pasado. Tito y Tita lo han hecho con soltura sobre el escenario de las fiestas de La Encina, rodeados de los amigos de siempre, de nuevas generaciones curiosas y, sobre todo, de aquellos que guardan sus voces asociadas a veranos de piscina y canciones que sonaban entre descanso y juegos.
El tiempo llevó a Tita lejos de su Bierzo -entre minas y montañas- para rehacer vida en Astorga, dejar atrás el vértigo de haber sido la voz infantil de la minería faberense y dedicarse a la maternidad. Allí guardó su sobrenombre, metió en un cajón los viejos LPs y cargó en su mochila azul toda una vida de recuerdos. Tito, en cambio, se quedó. No dejó la música, aunque fuese con la de otros, como promotor de espectáculos. Y así, entre velas sopladas año tras año, nunca perdió del todo la emoción de acercarse a un micrófono.
Hoy, cuando vuelven a preguntarse «¿y si…?», la respuesta es un abrazo. Un regreso que es al mismo tiempo generoso y necesario. Una reciprocidad entre quienes cantaron a la cuenca minera en voz de niños y quienes seguimos reconociéndonos en esas canciones. Tito y Tita toman aire… y de pronto, todo lo que sentimos con ellos, vuelve a volar. Porque los recuerdos, cuando tienen alas, siempre saben encontrar el camino de regreso.