17/05/2026
 Actualizado a 17/05/2026
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Yo conozco un lugar que pronto dejará de serlo. No es un comercio hecho con aspecto `vintage´, es un lugar que puede llamarse viejo por derecho propio, sin sentido peyorativo alguno. Todo lo contrario. Con todo el mimo, respeto y dignidad que contiene la palabra Viejo. Un edificio que solo habita una mujer, durante unas horas, entre hilos, botones, pijamas infantiles y agujas de mil tamaños y tipos. A eso de las 9 de la mañana, desde hace 40 años, Pilar abre la mercería Derlys de El Crucero, que te recibe con una diminuta y centenaria entrada de baldosas desmenuzadas, en las que aún adivinas el dibujo de un suelo hidráulico que ya pisaron nuestros padres. Entrada que es preludio de un lugar en el que reposa el tiempo y los objetos saben esperar, incluso décadas, hasta que les toque adornar un escote, coser una bastilla, abrochar un abrigo o bordar el embozo de algún sueño nupcial. 

A eso de las 9 de la mañana, desde hace 40 años, Pilar se sienta en la esquina de la entrada, a mano izquierda, ante su mesa y su compañera de trabajo, la máquina de coser. Los transeúntes pasan y nadie sospecha que allá dentro, una mujer cose y remata arreglos, antes de que el goteo de clientes la reclame, en un ir y venir continuo por su pequeño mundo de hebras. Y lo hace con esa paciencia de la que te impregnan los lugares en los que las horas se sientan. Pone el mismo interés en buscar el tono de un hilo idéntico al retal que la clienta muestra, que si vendiese un producto con jugosas ganancias. Al caer la tarde, cuando cierra el negocio, vuelve a la esquina en la que solo rompe el silencio el traqueteo de la máquina de coser, hasta que cierra y se va, rumbo a la noche y al descanso.

Es entonces, cuando mil objetos de mil tiempos, en duermevela eterno, entre pasado y presente, sin distinguir  en la oscuridad en qué tiempo viven ni de cuándo vienen. Una atmósfera mágica con artículos menudos meticulosamente guardados en cajones, estuches y estantes. Una fiesta de colores en cintas de todos los anchos y con distintas funciones, cordones y flecos, pasamanería, botones, cremalleras, ovillos de todos los grosores. Agujas y tijeras. 

Corchetes y alfileres. Es en ese universo de cosas pequeñas, donde la tradición y el oficio duermen, oliendo a hilo y a antiguo, donde aparece la hora mágica.  Aprovechando  que Pilar duerme, regresan las nostalgias y  aparece Norberto entre las sombras, un hombre llegado de Valderas, que inauguró la mercería en 1956, bautizándola Derlys, cogida en traspaso a un anterior dueño. 

Ayer, tirando del único hilo invisible de esta historia, acabé hablando con Derlys, y con Blas, su padre. Cuenta Blas que él era niño cuando ese rincón fue hogar y negocio para ellos porque la mercería tenía una vivienda adosada detrás, que hubo que restaurar tras un incendio, obra que aprovecharon para ampliar la mercería ya que ellos se mudaron a otra casa. Que ese pequeño local que ahora nos dejará huérfanos, tuvo tres licencias, como perfumería, juguetería y mercería. Y descubrimos el misterio de un nombre tan exótico para un comercio casi centenario. 

Tanto tiramos del hilo que llegamos a un rancho argentino, donde el abuelo Blas apadrinó a la hija del amo, llamada Derlys. Cuando regresó a Valderas, traía la vida por delante, ahorros para invertir en tierras y ese nombre grabado en la cabeza. Nombre que su hijo Norberto puso a su hija y a su mercería, cuando se vino a León. Derlys no solo es un rótulo rojo, no solo es un nombre de mujer llegado de un rancho argentino. Se convirtió en la historia de una saga familiar, en el hilo que ha unido cuatro generaciones. Porque la joven Derlys murió precozmente y entonces fue Blas, también hijo de Norberto, quien llamó así a su hija y ésta a la suya…  

Una historia de abuelo emigrado, hijos y nietos anidando entre  bobinas y lazos de una mercería de El Crucero llamada Derlys. Un lugar mágico, escondite de cosas ínfimas, capaces de convertirse en bordado, mantilla o una cómoda bata de percal. Objetos de costura  tan similares a la vida como el dedal, guardián de costureras, evitando que la aguja lastime el dedo que la empuja. Tijeras, tan necesarias para cortar lo sobrante y dejar justo lo que necesitas. El descosedor que, como se desandan los pasos mal dados y se cambia de rumbo, deshace puntadas para volver a coserse, tan rectas o torcidas como los errores y aciertos de los humanos. Los patrones, como padres indicando la forma y medidas de cada cosa.

Todo eso era nuestra mercería, en  la que Pilar avanzó puntada a puntada, siguiendo la costura de Norberto. La que vino cosiendo días hasta formar cuatro décadas, custodiando cada hilo, cada hebra y esa preciosa historia de su antecesor, llamada Derlys, colgada sobre la puerta. Un día cualquiera, al caer mayo, a eso de las 9 de la mañana, Pilar no abrirá la puerta de la mercería. Otra orfandad en el barrio. Ya no habrá botones para abrochar tanta nostalgia, ni cremallera que cierre la cicatriz de otro negocio cerrado.  Gracias por haber estado.
 

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