Complicado resulta hoy día diferenciar con nitidez al opinador pertinaz, entendido como ejerciente de una actividad meditada, respecto a la miríada de opiniones que, sin rubor o argumento, se escriben en miles de foros y ahí quedan, desafiando la vieja y tranquilizadora fugacidad de las diatribas de bar. Centrándonos exclusiva y arbitrariamente en los medios de comunicación tradicionales (aun con formatos nuevos), diremos para comenzar que el opinador pertinaz escribe por vanidad. Tras este motor inmóvil se conjugan otros anhelos y razones, pero casi nadie presta ya atención a la aspiración borgiana de ser un buen lector, pudiendo publicar unas palabritas propias. Las categorías, después, se multiplican. Está el opinador profesional, periodista, a veces agazapado en la noticia destilando una ponzoñosa línea editorial en la oreja del lector durmiente, otras veces empeñado en causas que defiende aparte con sinceridad. El catálogo formal es amplio: el opinador castizo, columnista fetén de verbo florido y abrupta y hueca llaneza; el faldero (o faldonero) ansioso de mencionar sus tratos con el poder y, merced a ello, su pretendida (y pretenciosa) ecuanimidad al calificarlo; el canino, azuzado por su dueño para la carnaza que sea preciso morder; el melancólico de sí mismo y el lírico de otros, el intelectual de guardia y la guardia sin intelecto… el lector veraniego sabe y sabrá. A su alrededor, espoleados por la crisis económica, una constelación de opinadores amateur, regulares o de asalto. Otra diferenciación entre opinadores podría separar a los que no leen jamás a sus congéneres de los que los escudriñan al milímetro averiguando alusiones que nadie hizo. Cada uno se entretiene como puede.
Quizás no sea necesario que concluya diciendo a qué dedica su verano el opinador pertinaz, pues si has seguido esta serie habrás deducido, oh perspicacísimo lector estival, que pretendía apenas entretener la canícula con bochornos no menos efímeros. Escribió, al fin, con intrascendencia y frivolidad, pensando que así alcanzaría una indulgencia que no merece. Ingenuo.
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