Secundino

El timbre y la puntualidad

09/07/2026
 Actualizado a 09/07/2026
Guardar

«Mientras el timbre suene estamos salvados, porque el instituto sigue funcionando. El desbarajuste, la confusión y el caos reinarían si dejase de sonar». En un centro escolar va marcando todas las entradas y salidas, además de las emergencias que pueden acaecer. Tiene que ser exacto, ni un segundo atrasado y ni un segundo adelantado porque se multiplica por setecientos alumnos y la pérdida de tiempo por culpa del mal funcionamiento del reloj del timbre puede llegar a números de escándalo. Por otra parte, no es serio y rompe todos los argumentos el hecho de que el timbre suene antes o después de la hora y hace realmente imposible exigir la puntualidad en la comunidad educativa. 

Unido al sonido del timbre siempre va la puntualidad que es el valor o el esfuerzo por estar a tiempo para cumplir nuestras obligaciones: una cita del colegio, una reunión de padres, un compromiso de la tutoría, un trabajo pendiente de entregar. La puntualidad es imprescindible si se quiere lograr un contrato o ganar un cliente o conseguir un puesto de trabajo. Si una persona es puntual está dando muestras de que sabe organizarse y que respeta a los demás. Cuando alguien llega tarde a una cita indica que no respeta su tiempo ni el de los demás.

Durante los muchos años que estuvimos en la dirección del instituto me gustaba estar a la puerta de entrada cada mañana para dar los buenos días a los setenta profesores y setecientos alumnos y recordar a los que llegaban después del toque del timbre que «llegaban tarde». La mayoría, más del noventa por ciento, jamás llegaba tarde. Sólo por causas excepcionales como corte en la carretera o venir del centro médico por análisis, vacunas u otros motivos, esta mayoría puntual podía llegar algún día a cualquier hora de la mañana. Por supuesto que esto no puede ser considerado falta de puntualidad. Estos eran los sufridores de la falta de puntualidad y respeto del otro grupo del diez por ciento restante. Dentro de este grupo yo todavía distinguiría dos tipos: los que suelen llegar tarde, pero tratan de controlarse y los enfermos de puntualidad. Con los del primer grupo trabajábamos a diario y conseguíamos cierto éxito y una mejoría a lo largo del curso. Afortunadamente los «enfermos de puntualidad» eran muy pocos, media docena, el uno por ciento de la comunidad educativa, hablamos de profesores y alumnos. Estos llegaban tarde todos los días del curso. Utilizábamos todo tipo de estrategias, tácticas y medidas sin ningún éxito: mandarlos al aula de trabajo, hablar con sus padres, cerrarles la puerta… Al día siguiente otra vez volvían a llegar tarde. Realmente patológico. 

El valor de la puntualidad es fundamental para hacer la vida agradable a los demás y para que nos consideren personas dignas de confianza. Mientras que la falta de puntualidad es un indicio de la mala organización de nuestro tiempo y al llegar tarde sistemáticamente perdemos nuestra credibilidad y nadie va a confiar en nuestros pretextos y justificaciones. El mejor sistema para que un profesor pueda inculcar en sus alumnos la puntualidad es «dar ejemplo».

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído