Javier Cuesta

Tiempos modernos

11/10/2026
 Actualizado a 11/10/2026
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Aquella tarde feriada estaba programado un festival de títeres iberoamericano en el espacio cultural de la villa, fuera de horario laboral. Y allí estaba él, un par de horas antes, como en cualquier actividad similar de los últimos veinte años, recibiendo al promotor del festival y a dos titiriteros colombianos, octogenarios en modo joven: vocacionales y entusiastas. Abrió la sala, los ayudó a descargar su teatrillo, les ofreció agua y café, les indicó el camerino, iluminación y sonido, controló al público que –incorregible siempre– llegó con cuentagotas, retrasado y ruidoso. Ayudó de nuevo a recoger, despidió y obsequió a los actores con un detalle, reordenó la sala, apagó luces y casi de noche se fue sin hacer ruido.

Quisiera hablar de él sin hablar de él. Nada de medallas. Él, como modelo de una mentalidad laboral que sencillamente se termina. En teoría, su trabajo consistía en organizar actividades culturales, cursos de formación o eventos feriales, estimular la participación ciudadana junto a colectivos y asociaciones. Planificar, coordinar, fomentar, orientar… esos verbos, esas tareas tan rimbombantes en el papel; papel mojado. Era eso que llaman técnico o dinamizador o agente de no sé qué; da igual, dejemos el título: don sin din, cojones en latín. Porque en realidad su tarea cotidiana incluía –y no se le arrugaba el ombligo por ello– cometidos tan prosaicos como pegar carteles, repartir folletos o fregar un escenario. Hasta escribir/hacer de negro. Todo eso, además, en un territorio hostil, refractario a lo que huela a actividad cultural o a expresión artística.

Pero los nuevos tiempos traen nuevos modelos, cuestionables modelos. Aquel mismo día, el promotor del festival –de Eje Producciones, productora leonesa de auténticos profesionales– le confesó que esa labor que él hacía se está acabando, los empleados públicos que se incorporan a la Administración llegan con la consigna clara, asumida e innegociable: lunes a viernes, de ocho a tres. Eso será lo próximo, esa será la exigencia de la persona que lo va a sustituir (no importa, él ya ha pasado a otra etapa: a lo mejor de lo peor, al inicio de la buena vida de una vida menos buena que sí, que flojeará inevitablemente por la edad, pero que le quiten lo ‘bailao’) Los nuevos fichajes –operarios verdes o maduros, patricios o plebeyos, hombres, mujeres o semovientes– tendrán ahora su gran oportunidad. Laboral o digital, nadie sabe, pero él está muy intrigado por ver cómo en adelante los modernos ‘community’ abren y cierran una puerta, colocan sillas, vacían papeleras o barren el suelo. Y tiene ganas de comprobar si el ChatGpt monta una carpa, acarrea cajas al stand, reparte revistas o limpia el polvo de una sala. Porque con la nueva filosofía de trabajo que se barrunta, el esfuerzo laboral, la pulcritud en el día a día y la dedicación personal no van a prosperar. La atención diligente o la inteligencia natural tampoco. Pero la IA, la flamante IA sí que va a tener futuro allí.

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