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Tiempos difíciles para Europa y qué hacer al respecto

04/05/2026
 Actualizado a 04/05/2026
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Todo el mundo es capaz de diagnosticar las dificultades de Europa, pero muy pocos se aventuran a anunciar una manera rápida de solucionarlas. Europa, el lugar del mundo donde mejor se defienden hoy las democracias, sufre por la agitación geoestratégica del momento y por la redefinición del orden mundial. No es sólo Trump, aunque, en gran medida, los problemas del mundo actual tengan que ver con su política, o lo que sea, basada en un nuevo supremacismo, y, sobre todo, en la teoría de las áreas de influencia.

Las dificultades domésticas y los asuntos locales hacen que no prestemos suficiente atención a los asuntos internacionales. Es un error, porque, aunque a algunos les pese, Europa es nuestro territorio natural y lo que pasa en ella nos pasa a nosotros. Las visiones superficiales que abominan del poder de Bruselas, suelen comprar un argumento hoy afín a las políticas populistas. Europa quita poder a los estados, a las naciones, nos quita libertad y autonomía (y lo dicen algunos de los que, paradójicamente, están en contra de las autonomías dentro de los estados). Se quiere imponer la idea de que la Unión Europea nos ha obligado a cosas que no deberíamos aceptar (y alguna habrá, porque nada es perfecto), y que Europa nos ha hecho perder identidad nacional, signifique lo que signifique, y que Europa sólo es un conglomerado de poder que defiende intereses que no siempre favorecen a los estados del sur. Lo cierto es que hemos llegado hasta aquí gracias a Europa. No sólo por el poder de la Unión, que es superior al de los estados singulares (y más en este momento de tribulación), sino por la fuerza de la economía que ha ayudado a levantar a algunos países de un pasado en crisis. España, por ejemplo. Podrá haber motivos de discrepancia actual (y algunos dibujan el acuerdo de Mercosur como uno de ellos), y sin duda Europa merece una crítica por su mirada blanda hacia no pocos asuntos, pero quien no reconozca el gran papel de la Unión en el desarrollo de las últimas décadas en este continente, está cometiendo un grave error.

Lo que vaticinan las encuestas en algunos países de la Unión (la Francia de Macron, sin ir más lejos) parece indicar que la teoría que culpa a Europa de muchos de nuestros males ha calado en una parte relevante del electorado. Como se suele decir, si te parece cara la educación, prueba con la ignorancia. Ahí estamos. El pensamiento simplista y maniqueo se abre camino con más facilidad que la complejidad que demandan las democracias, sobre todo si hablamos de los mítines electorales. Que la realidad no te estropee un buen tuit. O un eslogan mitinero. Lo vemos cada día. Pero los datos son tercos. Europa ha entrado en una especie de confusión y bruma, arrastrada por la peligrosa deriva del mundo y por unos liderazgos que, en general, parecen manifiestamente mejorables. Pero eso no quita un ápice a su gran trabajo en favor de la democracia y la libertad. Llegará un día en el que nos acordaremos de lo que perdimos, si triunfa la batalla contra Europa. A pesar de las dificultades, que nadie puede negar.

Es obvio que la guerra en Ucrania ha desestabilizado los planes de Europa y nos ha lanzado un aviso urgente. Por supuesto. Los equilibrios globales han cambiado, y la geoestrategia, como le gusta decir a Stephen Miller, ese asesor de Seguridad de Trump, que suele andar subidito de tono, depende ya exclusivamente del uso de la fuerza. La fuerza, parece concluir, es lo que determina la evolución política del mundo. Nada muy diferente de los peores momentos de la historia. Quizás eso explique las decisiones de Trump, si es que sus decisiones pueden explicarse de alguna forma razonable. Europa es hoy, a todas luces, la reserva de la democracia y Estados Unidos, como han señalado no pocos politólogos, parece dirigirse a un momento de gran declive. Trump se parecería demasiado a los líderes que vieron el colapso del Imperio Romano ante el empuje germánico: porque todos los imperios terminan. Y en esa caída, podría arrastrar consigo la democracia y la vida contemporánea tal y como la conocemos.

Europa ha sido muy moderada ante los habituales exabruptos de Trump, quizás intentando capear el temporal. China es lo que importa a Estados Unidos, por supuesto, pero el líder norteamericano ve en Europa un aliado incómodo. Es un espejo inconfortable para Trump, porque refleja casi a diario todas sus inconsistencias. Habrá concluido que la dificultad de Europa es la gran ventaja para América, lo cual, cuando menos, supone una mirada mezquina. Como empresario, tiene la sensación de que no le pagan demasiado bien por poner a su ejército a disposición de los europeos dentro de la OTAN, como si Europa no hubiera contribuido con innumerables misiones a la paz. Trump aplica el principio de que “la OTAN c’est moi”, aunque no lo diría en francés, como bromeaba el rey Carlos III el otro día.

Ha tenido que ser precisamente Carlos III el que ironizara en la cara de Trump, más que los temerosos líderes europeos. Aunque las cosas empiezan a cambiar. No sólo porque Pedro Sánchez haya discrepado abiertamente con el norteamericano (con un apoyo mayoritario, estoy seguro, en este apartado concreto de su política), sino porque hasta el propio Merz se atrevió a decir que Irán estaba empezando a humillar a Trump. Ha sido decirlo y el magnate se ha vuelto hacia Europa, anunciando una reducción de tropas norteamericanas en Alemania. Se asegura que el Reino Unido, Italia y España vendrían detrás. Algunos lo aplauden. Pero otros ponen sobre la mesa la necesidad de crear una defensa exclusivamente europea, algo que ya parece inevitable. No se sabe si Estados Unidos dejará de contemplar a Europa como aliada: no lo parece. No parece posible, en realidad. Pero las circunstancias no son las que eran.

Por eso la Unión debe reforzarse. No sólo ante potenciales agresiones extranjeras, sino como resultado de la política trumpista. Las elecciones locales del próximo día 7 de mayo en el Reino Unido podrían marcar un mínimo histórico para el laborista Starmer, cuyo liderazgo peligra. La concatenación de desastrosos gobiernos conservadores en el Reino Unido llevó al brexit, un error que Starmer (u otro líder de izquierdas) podría revertir, pero con el tiempo. Las encuestas no apoyan el brexit ahora mismo. No ocurrirá mañana, pero menos ocurrirá si Reform UK, con un Farage resucitado y con posibilidades futuras de gobierno, alcanza el día 7 el resultado favorable que se le augura. Los ‘tories’ no reúnen mejores perspectivas que los laboristas en este momento. Trump ha perdido la química con Starmer, si es que alguna vez la tuvo, lo cual es una buena noticia. Es necesario que el Reino Unido vuelva a mirar a Europa. Ante la posibilidad de un ascenso definitivo de la ultraderecha en Francia, en el plazo de un año, no cabe duda de que Europa debe encontrar el camino para apartarse de la deriva proyectada por la guerra en Irán, para construir su independencia, y para afianzar la Unión, ante los retos que se presentan.   

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