Javier Cuesta

Las paredes dicen

21/01/2026
 Actualizado a 21/01/2026
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Por fin, sí, encuentro otra frase reseñable en una pared. Hacía mucho que no. Es ya difícil ver una pintada en la calle que te impacte o te haga gracia o merezca la pena recordar, y eso para un rastreador de muros (de hormigón, eh, nada de Facebook; cada uno con sus perversiones) es triste, tal vez otro signo de la decadencia de Occidente, de la grisura de los tiempos. Un feliz hallazgo me invita al optimismo y a la reflexión.

Es admirable que todavía alguien se detenga a la vuelta de la esquina y dedique unos minutos a escribir una frase, con las prisas que llevamos hoy. Y después está el misterio de por qué alguien quiere dejar su ocurrencia o inmortalizar su pensamiento, de forma anónima y espontánea, en la calle y no por ejemplo en un libro, como antes, o en las Redes, como ahora. Cultura en la calle, historias en los muros, paredes que son lienzos. Sigue ocurriendo y alegra que sea así, aunque sea una alegría… con cierta polémica. Todo tiene un envés.

En principio, nada parece más inofensivo que dejar una frase destinada a reflexionar o un mural creativo en esa galería improvisada que es la calle. Ahí están el arte urbano y la cultura del grafiti; Banksy vive ahí. Pero otra cosa es el garabato salvaje, las pintadas delictivas en muros o vagones de trenes y metros, las frases obscenas en baños o fachadas. Y el elevado coste de tener que limpiar toda esa porquería que nada tiene de manifestación artística. Nos movemos en una delgada línea entre vandalismo y arte. De hecho, está de moda la palabreja vandalizar para cuando una pintada desgracia otra anterior. Así que habrá opiniones en ambos sentidos y es delicado entrar en esa gresca, complicado tomar partido como detractores o entusiastas. 

Volvamos al inicio: mejor nos quedamos en las frases que aparecen aquí y allá, de cuando en cuando, tan divertidas e ingeniosas que sí se pueden defender. Yo las apruebo, tengo registradas bastantes, alguna gloriosa como aquel juego de palabras en el Húmedo «pan para Rajoy, hambre para mañana». Otras nos interpelan, casi filosóficas: en la Chantría advierte una de que «si el dinero no te ha cambiado, es que no tienes bastante». En El Ejido, alguien entre escéptico y práctico nos espolea con su mensaje inapelable, «lucha por tu barrio, que el país ya está jodido» o «si tu voto contase sería ilegal». Alguna, pelín bestia: «al cura y al Borbón, pólvora y perdigón». Y muchas, muchas otras, unas directas, certeras, reivindicativas; otras irónicas o poéticas. Todas conforman casi un género literario. Ah, lo olvidaba, la última destacable, que provocó estas líneas, estaba en una valla metálica en la calle la Rúa y parece obra de un turista decepcionado pero romántico: «León no es pa’tanto. Adela sí». Pero quizá mi favorita (por ocurrente y sutil, divertida y frívola) es una que me llega de oídas. Aquella que veía Panines, desde su camión de reparto del butano, en la tapia del cementerio de Palanquinos y decía: «come patatas, contamos contigo». Puro ingenio. A veces, el saber sí ocupa lugar.

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