Y en el fondo, habrá cambiado el modelo pero seguimos en las mismas. Las presiones del poder, el esfuerzo por conseguir un tema potente, las horas en los bares con las fuentes, las llamadas arriba para que no se publique lo que tanto costó conseguir... Y la tarta publicitaria de por medio, esos donativos institucionales –dinerito público– que a menudo capan toda posibilidad de publicar si la cosa les escuece demasiado.
Puede que nunca en la historia haya sido tan importante el periodismo de calidad. La profesión languidece a golpe de contratos mínimos, pero sigue habiendo soñadores empeñados en que la única forma de defender el derecho a publicar es publicando, siempre con la verdad por delante: prensa «para servir a los gobernados, no a los gobernantes». Lo cuentan bonito en la peli.
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