Dicen que todo vuelve. Que puedes guardar una vieja americana de tres botones y que debes conservar aquellos pantalones anchos en lo más profundo del armario. En unos años los lucirás orgulloso siendo penúltima tendencia. También sucede con las palabras y con algunas expresiones que ya solo pronunciaban los ancianos, que sonaban añejas y desgastadas, y que ahora vuelven. Incluso las descubres saliendo de tus labios y no porque al ir acumulando años todos acabemos hablando como nuestros padres y callando como nuestros padres.
En los últimos meses serían incontables las veces que en las conversaciones aparece la expresión "¡Esto antes no pasaba!". Irrumpe en mitad de la charla, apostillando los argumentos con cierto sobresalto. No es una coletilla nostálgica ni enunciada con la media sonrisa triunfalista de un tiempo superado. Suena a enfado paladeado con sarcasmo, a decepción irremediable. Hemos conquistado tanta libertad que estamos descubriendo que la libertad sin barreras es un río bravo y de aguas turbulentas que desemboca en la peor de las dictaduras. El régimen de la poscensura, término que ha popularizado Juan Soto Ivars, explica como la presión social y el miedo aterrador a ofender han dejado caer una niebla de silencio que nos envuelve y han desatado un tornado de venganza sobre quién se atreva a cruzar la línea de lo políticamente correcto, que hoy ha derivado en lo socialmente aceptable. Porque es la sociedad la que nos coarta, el Gran Hermano son todos nuestros pares de ojos (la censura horizontal, que dice Soto) y los dedos ágiles que teclean juicios sumarísimos en las redes sociales.
"¡Esto antes no pasaba!". Ni en la primera liberación de los 60 ni en el libertinaje de los 80. Caía al peso la recurrente expresión leyendo en voz alta columnas de Umbral o Campmany que en 2018 hubieran desatado la ira de al menos un puñado de colectivos. Resurge a voz en grito cuando más de 10.000 personas firman en Palencia para que se cancele el concierto de Maluma porque consideran intolerables sus letras. Así que hay que prohibirlas para que nadie las escuche. Supongo que nunca saldrán de copas, ni se echarán un baile con tan detestables melodías, ni sintonizarán las radio-fórmulas donde hace años que arrasan decenas de Malumas por temporada.
Estos últimos días, un diario nacional publicaba la lista de las obras de arte que jamás podrías ver en Facebook, porque hoy también nos gobiernan los algoritmos. Toda la historia del arte traducida a los números que delatan pechos al descubierto o penes al libre albedrío y que automáticamente son denunciados por inquisidores robóticos, objetos guardianes de la moral, lucecitas que se encienden y se apagan adoctrinando sin conciencia. El segundo paso del mito recurrente de las criaturas que terminan sometiendo al creador. El sexo que se presume y se oculta en una demostración más de lo cíclico de nuestra Historia. Y así avanza el siglo XXI. El del progreso, el de la participación social, el de las democracias avanzadas... Pasando lo que antes no pasaba. Con la libertad de expresión acorralada incluso por la justicia. Sin definición y en el barro de las interpretaciones, que son como las opiniones y los culos, cada uno tiene una. Cayéndonos por los extremos, que cansados de tocarse ya se abrazan (muy recatadamente, por supuesto). La humanidad demuestra siempre que nunca estuvo preparada para la utopía.
Teoría de la involución
26/04/2018
Actualizado a
19/09/2019
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