Los presupuestos generales del estado se han convertido oficialmente en esos deberes que se ha comido el perro. Recuerdo aquella vez que una profesora, o mediocre con ínfulas, nos pidió las tareas del día previo por orden de lista (siempre igual), y tras un intercambio de miradas respondí: si te digo que sí, te miento. No los tenía, no los había hecho, seguramente por falta de tiempo o de interés, por lo que las adversativas eran tan inútiles como viles. No, no había cumplido, así que clava aquí tu daga, hija de satán. Ahora los presupuestos no se hacen por la guerra de Irán, por el disparo a Trump, por M. Rajoy, porque Ekaizer se ha chinado con Cintora o porque la perrita se ha cagado en la alfombra.
Ya carece de sentido, explicación alternativa o simbolismo democrático: seguir. Hasta la vertebración del dinero es algo secundario. Convertir el estado en lo que ha hecho con su propio partido, suyo, suyo y suyo, de la presidencia hasta el último funcionario. Sabíamos con detalle lo sucedido en aquel Comité Federal de 2017, el destape del Sánchez sin tapujos, pero ahora lo hemos visto, el semblante, el ánimo, el rostro del hombre con afán de venganza, el político sin política. La mampara no deja de ser el primer ardid de un advenedizo colocado a empujones por corruptos, mediáticos, indepes y panegiristas ingenuos.
Todo comenzó con un berrido a la limpieza de las instituciones por el que se ha descubierto putero, está en la cárcel y en el banquillo, como medio circulo del presidente. Hasta tal extremo ha llegado la conversión, o el trampantojo inicial, que hoy por hoy todo juez puede ser susceptible de disparos gubernamentales y vemos al clerical Illa ponerse coqueto con Pujol porque pobre ancianito. Esperaron a que se fuera para hacer públicas informaciones y ahora esperaron a su ocaso para implorar clemencia y rezar por el gran arquitecto.
No hay desfachatez, no hay mentira, no hay desvergüenza, las explicaciones son vacías, está todo al ojo del espectador. Que la purpurina discursiva no tape el fondo de cada justificación: te estoy mintiendo y me da igual.