Tarsicio es ajeno a las servidumbres del paso del tiempo. Por eso cuarenta años después de su debut, sigue teniendo un cierto aspecto juvenil, sigue sintiendo la misma vocación política y sigue siendo un apasionado del Bierzo. Aunque también seguimos casi todos sin saber muy bien cuál es su modelo del Bierzo, lo que no deja de ser maravilloso. ¿Ser provincia? Eso seguro. ¿O ser también comunidad autónoma, como La Rioja? Ese misterio no es fácil de desvelar, pero no importa tanto. Lo que cuenta es que él está ahí, sigue, lucha, sueña y propone. No se rinde, no se retira y tampoco admite fácilmente la réplica. Él es él y ahí está. Un cuatrienio más.
¿De dónde le viene ese tesón? De sus convicciones, sin duda, y de su amor al Bierzo, pero también, acaso, de su condición de hijo del Alto Bierzo, del de los bosques y los osos. Del Bierzo de aura astur, del que no tiene viñedos ni iglesias románicas, ni castillos, ni santos, ni peregrinos. Él viene del Bierzo de los guerreros contra Roma, y también de los sajones que vinieron después, como bien prueba su aspecto plenamente visigodo. Rubio, esbelto y de ojos azules. Tarsicio el invencible.
Algún día merecería ser el alcalde de Ponferrada, o el presidente de su consejo comarcal. Lo digo muy en serio. Y aunque el asunto parece una broma, un imposible, sospecho que Tarsicio, secretamente, nunca olvida que nada está escrito, que la partida continúa, y que está empedrada de lucha y de ilusión. Tarsicio tiene un sueño mítico para ese Bierzo que queremos tanto. Él, seguramente, el que más. Lo ha demostrado y lo demuestra.
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