Solo los pueblos con más vecinos podrían jugar. Astorga, La Bañeza o Villablino competirían con Valencia de Don Juan, Cistierna y el resto de cabeceras de comarca. Si dice Florentino Pérez que la tarta del fútbol no da para todos, la de la Junta o el Gobierno tampoco. Darwinismo social: solo los fuertes sobreviven, en ellos hay que centrar los esfuerzos.
Este planteamiento que puede sonar perverso no es más que una escenificación esperpéntica de las políticas que se han desarrollado durante décadas para hacer frente a la despoblación rural. Suponiendo que hayan llegado medidas correctoras (sic), lo han hecho a los pueblos más grandes y se han basado en el espejismo de maquillar sus padrones absorbiendo la población de las pequeñas localidades de su área de influencia ¿Cuántos vecinos de Noceda se han mudado a Bembibre? ¿Qué es Boñar sino un geriátrico de sus municipios limítrofes? ¿En qué queda Sahagún al quitar los vecinos de Villamol o Calzada que dejan allí sus pensiones?
El resultado de estas políticas fallidas es un problema que persiste en las cabeceras de comarca y que se acelera en las aldeas en que quedan cuatro gatos. O el reto demográfico pasa de los planteamientos basados en una presunta igualdad a otros de auténtica equidad o el mapa de provincias como León quedará totalmente desvertebrado, abocado a morir en una Superliga en la que solo sobrevivirán unos pocos. Una Superliga de peces grandes que, sin otros a los que comerse, no tardarán en volverse chicos.
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