– Dicen que en un sueño lúcido tú puedes controlar lo que está pasando. Que tu mente, consciente de lo que está sucediendo, tiene el poder de transformar la realidad y reformarla como quiera.
Esto le contaba un niño a otro de camino a una excursión a un museo de León. Vaya con el chavalín…
– ¿Tú has tenido alguno?, le pregunté intrigada.
– Yo no. Pero sé que es posible.
Tocada por la conversación compruebo, buscando información, que se trata de aquellos pensamientos nocturnos en fase REM en los que somos conscientes de estar soñando y podemos intervenir en ellos. «Los niveles de lucidez cubren un rango muy amplio de experiencias, desde tener una pesadilla y al darnos cuenta despertamos, hasta reconocer el sueño como tal, permanecer conscientes dentro de él y cambiar su contenido con el poder de la intención», así asegura Iñaki Martín-Subero, experto en «el arte del yoga de los sueños» en una información recogida en el diario La Vanguardia. Y añade, que depende de la imaginación del que sueña. Aseguran que tal facultad tiene efectos terapéuticos…
«Bueno, profe, a veces yo sueño que me clavo un cuchillo, pero luego me lo quito». Eso sí puedo hacerlo, así despierto contento y veo que estoy bien.
Atravesamos, mientras caminamos, sobre un puente flanqueado por imponentes leones sobre el río, de un margen a otro. Y repiquetea en mi cerebro, como las gotas de lluvia que caen en ese instante, el título de ese libro, «las ventajas de ser un marginado», que cuenta los conflictos de un adolescente sobre la introversión, la violencia, el consumo de drogas y otros asuntos varios que les acuchillan a diario. Quizá sea por aquello que escribía, no hace mucho, uno de ellos, en un ejercicio de escritura libre, sobre un tema intrascendente que les propuse, «me siento marginado».
Quizá el sueño sea una manera de mantener el propio límite al margen de lo que otros piensen o pretenda imponernos el resto. El territorio de la imaginación al que, nos dicen, es posible ponerle lucidez.
¿Puede el territorio de la inconsciencia ser manejado en nuestros límites? ¿Es una suerte que en algún momento podamos doblegarlo?
Continúa la conversación, al más puro método socrático, compartiendo con ellos historias dolorosas que les envuelven: de apuñalamientos, peleas, macabras estampas que han visto o vivido. Me piden que les cuente las mías.
Vuelan las palabras mientras enhebramos relatos que se mueven entre ese mundo onírico que revolotea en torno a ellos, como mariposas tempranas, y la lucidez de una realidad que atisban en la vida, a veces dura, que les acecha.
«Dormir es lo más parecido a la muerte, ¿verdad, profe?».
Miro al chavalín de ojos negros y profundos como pozos ocultos bajo un flequillo deslavazado, que sale corriendo como un cohete. Y en el fondo de su mirada creo atisbar, asomados, cientos de miles de sueños, no sé si lúcidos o no.