11/06/2026
 Actualizado a 11/06/2026
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Esto de hoy es un viaje al pasado. Para los más jóvenes será absolutamente incomprensible. Van a pensar que estoy hablado de ciencia ficción o algo parecido. Para los pocos viejos que me leen será un viaje a la nostalgia, a los años de hierro, a los años que siguieron a una guerra que devastó España, algo de lo que nos costó recuperarnos veinticinco años o más. Hablamos de comida, la primera necesidad del hombre, más importante que el follar, que las vacaciones, que mandar a los hijos a estudiar.

En los años cuarenta y cincuenta (incluso hasta mediados de los sesenta) del pasado siglo, las madres, las verdaderas cocineras, las que crearon la cocina española contemporánea, se devanaban lo sesos para alimentar, malamente, a sus familias. Rafael Cansinos Assen, en sus diarios, cuenta que tenía una vecina, falangista convencida, que le comentó más de una vez que «¿para esto hemos ganado la guerra?». En aquella, la gente pasaba hambre, simplemente. Los jornales eran escasos, por lo que las madres y las abuelas tenían que inventar platos económicos que llenaran la panza, aunque no fuesen idealmente dietéticos. Las madres y las abuelas lo consiguieron. Ponían en la mesa comida hecha con cuatro o cinco ingredientes, un lujo portentoso..., y, encima, aquellos eran, normalmente, los más baratos del mercado. Agua, ajo, pimentón, pan, leche y todos los restos que os imaginéis hacían el milagro, parecido al de las bodas de Canaán, de llenar la barriga de la familia.

Inolvidables las «sopas de ajo», que la gente de Vegas y de toda la comarca, de toda la provincia, desayunaba y cenaba, a veces, las menos veces, acompañadas de un huevo escalfado. Para los niños y los enfermos, las «sopas blancas»: pan posado, leche hirviendo y azúcar. En los conventos y en las casas pobres de solemnidad, se hacía la «sopa boba»: caldo de todos los restos que se encontrasen en la despensa y sal; algo parecido a la ‘minestrone’ italiana, pero mucho más vasta. Las monjas se las daban a los menesterosos gratis y de ahí salió el dicho castizo de «éste come la sopa boba». En los lugares dónde había vino de sobra, en Villafranca o en Valdevimbre, se hacían «las sopas de caballo cansado», lo último de lo último: vino hirviendo, algo de azúcar y pan de centeno; en Galicia y en el norte de Portugal, lo llamaban «sopas de burro cansado», pero eran iguales a las nuestras. En época de matanza, aprovechando los restos que no se curaban, se cocinaban los «duelos y quebrantos», inmortalizados por Cervantes en la primera página del ‘Quijote’: panceta, unos pocos de chichos y un huevo revuelto; como para levantar el ánimo de cualquiera. En Zamora, Salamanca y toda Extremadura, hacían «migas»: pan de dos o tres días, remojado en agua, una lágrima de aceite y algo de tocino, todo freído en una sartén hasta que el pan cogía color. En septiembre, cuando la huerta estaba en plenitud, se hacía pisto: cebolla, pimientos, calabacín, un tomate, aceite y sal, todo pochado lentamente. Se embotaba en tarros que se hervían al baño maría y duraba todo el invierno. El pisto, con un huevo frito, aún hoy, es una de las cenas más deliciosas del universo.

Podría seguir y seguir hasta resultar pesadísimo, pero creo que, con estas recetas de supervivencia, vale. ¿Por qué os lo cuento? Con la que está cayendo a nivel mundial, no sería nada extraordinario que todo se fuese a la puta mierda, y que los que sobrevivan a la hecatombe tuvieran que reinventarse, a todos los niveles, por supuesto, pero, sobre todo en el más importante, en el que es básico para subsistir: la comida. No estoy haciendo literatura distópica, para nada: estoy barruntando una posibilidad cruel e inhumana que se barrunta, casi, a la vuelta de la esquina.

¡Ojalá este artículo lo leyesen Macron, Merz, Starmer, von der Layen, Kallas, Meloni y Sánchez!, ¡ojalá se diesen cuenta de la que se nos puede venir encima! No lo harán, no tengo dudas, pero como sé que ellos, por desgracia, vivirán para contarlo, me presta que tengan que comer todos los platos que os he contado. ¡Que se jodan y que aprendan a comer la ‘mierda’ que comieron mis abuelos y mis padres!... Seguro que adelgazan.

Salud y anarquía.

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