No es muy habitual la expresión «flaco de memoria», una expresión que aquellos que peinamos canas, o más bien ni siquiera tenemos pelo, nos hace recordar ‘la Verbena de la Paloma’, una zarzuela del género chico, y que, yo juraría, la hizo famosa, y por tanto habitual, para nosotros al menos, cuando en la escena V (y última), Julián se lo dice a Susana que le está dando más celos que a Otelo en ‘El Mercader de Venecia’.
Y es que en realidad, en su estricto sentido, no se trata de un olvido producido por el paso del tiempo o causado por el propio estado de la persona, sino más bien un olvido interesado.
Hemos vivido aterrorizados durante meses, encerrados en casa, mendigando una mascarilla que no había, buscando como posesos una lejía que desapareció de los comercios en un santiamén (junto con el papel higiénico, caramba).
Seguimos muchos meses más esperando la caída de la vacuna como quien espera el Santo Avenimiento, tomando precauciones de distancia en playas, calles, plazas o ascensores, anulando eventos y espectáculos.
Pulsábamos los botones de esos ascensores o cogíamos los tiradores de puertas con papeles y bastoncitos y, por supuesto nos lavábamos las manos, bien enjabonadas, varias veces al día.
Todo y más.
Han pasado tres años y es como si nada hubiera sucedido.
Yo bien pensaba que algo quedaría, alguna manera de proceder frente a posibles contagios, sean de lo que sean
Por supuesto no que se volvieran a usar mascarillas ante cualquier situación como una gripe (que también, aunque menos, es mortal), tal y como hacen habitualmente los japoneses, que se la ponen para no contagiar a los demás, no como protección propia, pues aquí, sin duda nuestra cultura es muy otra, ni que en las aglomeraciones se siguiera un protocolo tan estricto como se implantó, pero que algo quede, que se tenga más cuidado para evitar contagios que, por habituales, no dejan de tener su peligro, sobre todo en personas mayores o con déficits médicos.
Pero no, nada. Que si quieres arroz Catalina. Alguna mascarilla, tan pocas, poquísimas, que hasta son causa de asombro. Quizás, sí, una mayor atención al lavado de manos por aquello de los contactos con objetos que vaya usted a saber quién otro lo ha tocado.
Y así, quizás como reacción, estamos finalizando las vacaciones, dando los últimos coletazos, y si algo ha sido señal de éstas, es la presencia multitudinarias en casi cualquier circunstancias, con los bares, plazas, calles, playas abarrotadas como si no hubiera un mañana, como si quisiéramos vengarnos de todo lo que tuvimos que aguantar, cobrándonoslo aquí y ahora. Y como si aquí no ha pasado nada.
Tonto de mí, creí que alguna de las malas costumbres higiénicas desaparecerían. Pues no. Y voy a mencionar una que siempre me ha molestado. Lo siento, pero es así. Siempre ha habido la tradición de, al ir a comer en grupo, pedir unos entrantes en el medio, para compartir. Con esa misma habitualidad, los camareros los ponen, pero sin cubiertos para servir (ni los comensales los piden), así que de inmediato, todo el mundo coge su cuchara o tenedor, y ataca la fuente, a la búsqueda y captura del trozo de atún en la ensalada o de carne en el guiso, para luego llevárselo a la boca y vuelta a empezar. Guisos, ensaladas, lo que sea, se convierten en un revoltillo de comidas y saliva, saliva que, según médicos y expertos, portan todo tipo de cuerpos extraños, en muchos casos contagiosos. Estupendo.
Todo eso durante la pandemia, desapareció, porque todos, servidores y servidos, éramos conscientes del riesgos. Pues eso era antes, porque volvemos a las andadas.
Y el Covid sigue ahí, a nuestro alrededor. Sigue habiendo ingresos y sigue habiendo fallecimientos, tanto es así, que antes de ayer, el Presidente de la Organización Mundial de la Salud salió, ‘urbi et orbi’, a contarnos su preocupación para el próximo invierno, porque ni mucho menos los contagios han desaparecido y se avecina un rebrote.
Pero supongo que es igual, porque, como siempre se ha dicho, cuando pasa igual, siempre sucede lo mismo.