Un año ha pasado desde que la terrible riada arrasara varias poblaciones de Valencia. Aún podemos recordar con nitidez, porque se quedaron a fuego grabadas en nuestra retina, imágenes sobrecogedoras en las que vimos automóviles flotando por las calles de Paiporta, Catarroja y Sedaví entre otros municipios. Vecinos ayudándose para no morir arrastrados por la corriente. Personas aferradas a postes, a troncos de árboles, niños perdidos, juguetes olvidados entre juncos.
Nunca tuve una sensación tan frustrante de soledad como durante aquellos días. Observar impotente el sufrimiento de aquellos que lo perdieron todo y a quienes se abandonó a su suerte con descaro y frialdad de témpano cambió para siempre mi percepción de la política española.
Unos bomberos franceses fueron los primeros en llegar. Mazón de comilona en El Ventorro. Sánchez en la India.
Allí no llegó nadie en horas, en días, hasta que una oleada de voluntarios jóvenes y no tan jóvenes, procedentes de todas partes, se arremangaron y llevaron luz y comida. Se calzaron las botas de agua y dignidad y, pala en mano, fueron sacando el barro que anegaba sus vidas.
Un año después seguimos con Mazón al mando, increíble pero cierto. Y Sánchez también se aferra, ¿cómo no? Y los fans de unos y otros se pelean como niños en las redes. Conmigo que no cuenten para defender a ningún partido. Habrá gente muy capaz fuera de las cúpulas del PP y PSOE, pero quienes están al frente han perdido toda mi confianza. Si mañana hubiera elecciones yo, que siempre he acudido al llamado de las urnas, creo que me quedaría en casa o votaría en blanco. No me identifico con ninguna sigla, me siento huérfana y descreída y me ofende que quieran plantarse ahora en un funeral de Estado al lado de quienes olvidaron, cuánta hipocresía.
Un año después, tanto la Generalitat como el Gobierno solo han abonado alrededor de un 20% de las ayudas. Solo estar juntos frente al mal, evitará la ruina.