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Solo ante él, inclinaba el emperador su cabeza

08/08/2026
 Actualizado a 08/08/2026
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«Solo había una…». Aseguró el guía turístico al grupo de turno. Acababa de contar que cada día, el Palacio Imperial de Tokio recibía la visita de súbditos, funcionarios, militares, nobles y miembros de la corte. Y cada uno de ellos se postraba ante la majestuosidad divina del monarca en actitud de respeto y veneración.

Pero todos y cada uno de los emperadores que se sucedieron en aquella gigantesca residencia supieron que sus conocimientos, desde los más tempranos, como la caligrafía que les instruía en el arte de manejar el pincel, y la grafomotricidad, que les permitía dibujar los sutiles trazos con la tinta en aquel papel elaborado a mano, hasta aquellas otras más embriagadoras, como la música y las artes cortesanas, o las protocolarias, como las reglas de etiqueta, la historia, la lengua e incluso el wasan, que incluía aritmética y matemáticas, ademas de nociones de geometría, eran debidos a las enseñanzas de una persona…

Todos reconocían que sin el maestro sus ojos hubieran permanecido cerrados y ajenos a las maravillas de su entorno. Porque fue su mentor el que con la paciencia, constancia, y generosas dosis de paciencia, fraguó el carácter férreo y la templanza de alma de muchos emperadores.

«No recuerdo lo que me enseñó, pero sí cómo me hizo sentir», contaba aquel hombre viejo, curvado por los años, ante el recuerdo de su maestra de escuela. La que le enseñó las primeras letras sin eclipsar su capacidad de asombro, educó su sensibilidad, que le permitió mirar los cielos y recrearse en las distintas tonalidades del sol según las horas del día o deleitarse contemplando el tintineo burlón de las estrellas.

Fue la maestra sabia la que despejó la oscuridad original del que había nacido ignorante, con el delicioso pecado original de la inocencia virginal, que nos ofrece un campo por sembrar…

Esas maestras que reinan en el aula, no porque lo pretendan, sino porque son capaces de dejarse hechizar por la magia inesperada del alumno que te deja entrar en su recámara, se interesa, te mira, se admira, e intenta reproducir lo que aprendió. Y se produce la conexión. Y es en ese breve instante de ensueño cuando el maestro asiste al parto, esa mayéutica o «arte de la comadrona» método de enseñanza que popularizó Sócrates, maestro de maestros, a partir de las preguntas que despertaban al discente y le situaban en la vía del conocimiento al despertar su curiosidad. 

Nada nuevo bajo el sol. Despertarnos, y a ellos con nosotros, de los eclipses que por naturaleza nos impelen a permanecer en la oscuridad. Esa es la labor de maestros, profesores, educadores, y sus correspondientes sustantivos en femenino. Lo tenían claro aquellos emperadores del Japón de los que hablaba aquella guía, «no era otro que el maestro, la única autoridad ante la que el emperador, inclinaba su real cabeza».

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