Imagen Juan María García Campal

Del sol…, y las sombras

24/06/2026
 Actualizado a 24/06/2026
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Cuando usted lea este texto, sin duda ya se habrá apagado todo fulgor y silenciado todo eco de los fuegos artificiales y se habrán extinguido los últimos rescoldos de las fogatas de la Noche de San Juan, que no del solsticio de verano ya acaecido el pasado domingo 21 (elija cada cual la versión de su gusto o ambas o ninguna) y ya todo será, de nuevo, ceniza. Y así, un día más, el mundo, sus gentes, por no matar toda esperanza, seguiremos viendo, cuando no viviendo, las mismas guerras, guerrillas, luchas, entre unos y otros, y explotaciones de unos por otros que desde un muy remoto antaño caracteriza la humana condición y convivencia. Sí, brillará el sol en lo más alto, habremos vivido la noche más corta del año, una más, una menos, e incluso quizás, amén de su carácter puramente festivo y jaranero, también haya habido quien buscase en su celebración un significado especial, bien por lo pagano y su milenaria pluralidad de maneras de celebración bien por lo cristiano con su real empeño de absorción de las festividades paganas (25 de diciembre y 24 de junio, o solsticios de invierno y verano en el antiguo calendario romano ‘Dies Natalis Solis Invicti’, cumpleaños del sol invencible, y festividad de la diosa Fortuna, diosa de la suerte, respectivamente). Si, ya ven, de una u otra manera parece que siempre ha habido la humana necesidad de crear dioses a los que encomendar la mejora y resistencia de la propia existencia.

Y con el verano, sus asuetos y divertimentos, y aun cuando nunca falten polícromos voluntarios para el exabrupto y la absoluta descalificación del adversario, veremos disminuir el nivel de beligerancia política, tantas veces pobre si no carente de su propio «arte de dialogar, argumentar y discutir». Mas no alimentemos esperanza alguna, tan solo estarán haciendo acopio de fuerzas y motivos para el deseado retorcimiento de juicios y contraargumentos de, sin mediación romana, resistencia numantina en sus inamovibles posiciones.

Mas, también, ¡cuidado!, no hay sol ni verano que pueda con los nublados y sombras que en todo vivir se incluyen. Cómo recuerdo hoy las muchas veces que mi abuela paterna, abuelita, aun los duelos y dolores que para sí guardaba, y a sus muchos años (con noventa y tres nos dejó) decía su «¡Qué bien se está cuando se está bien!» con una tonalidad que pese a todo sonaba a celebración de la Vida, así, con mayúscula. ¡Venga!, seamos tan conscientes y celebrantes del estar bien como lamentosos somos ante cualquier infortunio. ¡Vamos! 

¡Salud!, y buena semana hagamos.

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