20/08/2026
 Actualizado a 20/08/2026
Guardar

Los ibéricos, en esto de los idiomas, estamos muy retrasados. Nos es dificilísimo aprender inglés o francés..., y no hablamos del chino o del ruso, que sólo lo logran hablar las inteligencias más desarrolladas. Me acuerdo de aquellas coplillas que rezaban: «admirose un portugués que, en toda su tierna infancia, todos los niños en Francia supieran hablar francés; «arte diabólico es, pues para hablar el gabacho un hidalgo en Portugal llega a viejo y lo habla mal y aquí lo parla un muchacho». Es, pues, una penitencia que llevamos a la espalda y que nos hace, la mayoría de las veces, quedar en ridículo, pues, aunque hablemos el idioma del Imperio, la fastidiamos con el acento de Calamocos que le ponemos a la pronunciación. El caso es que, a raíz de nuestra carencia en el idioma de don Guillermo Shakespeare, entendemos mal incluso las señales de tráfico. Por ejemplo, en mi pueblo, cuándo vienes de la general y entras en la Plaza, hay un Stop, grande como una catedral, justo al lado de la casa de Miguel Ángel y de María Jesús, dónde estaba el añorado «Bar La Plaza». Como el Stop está justo enfrente del bar que sigue funcionando, el de Miriam, y como uno sale mucho más de lo que debería a fumar un pito, tengo una perspectiva bárbara del mentadísimo Stop: lo respetamos (porque yo lo hago siempre), tres de cada diez y no exagero ni un pelo. Estoy seguro de que los siete cafres que pasan de él lo hacen porque no saben que significa en español Stop. Voy a escribir una carta a la RAE para que obliguen al Gobierno central a cambiarlo por un ALTO, como sucede en casi todos los países hispanoamericanos. Y, rizando el rizo, para que consideren poner un «¡So!», expresión vernácula que todos entendemos. A ver: uno, desde su ideología, admite y propone no hacer ni caso a la mayoría de las leyes que usa el Poder para tenernos anestesiados; pero, en asuntos como el tráfico, no le queda más remedio que asumir todas y cada una de las señales que invaden nuestras carreteras. Estos días, en este periódico, aparecen, un día sí y otro también, decenas de reseñas que nos informan que en tal carretera ha muerto alguien, que han salido muchas personas heridas por choques o por vueltas de campana. Los accidentes de tráfico son un cáncer que se lleva por delante a gente que no le tocaba rendir cuentas a San Pedro. Y es una lástima..., porque la vida se puede perder por una enfermedad traidora pero nunca por un accidente, provocado o no. Por desgracia, sé de lo que hablo, porque cuándo era un niarras, tuve un accidente en el que acabó muerto un amigo, herida de gravedad una amiga muy querida y yo, el tercero que iba en el coche, no sufrí ni un rasguño. 

Esta tragedia marcó el resto de mi vida, mayormente porque, desde aquella infausta noche, siempre he pensado que estaba aquí de prestado, como si fuera el soldado superviviente en una emboscada en la que no quedo nadie más de mi compañía. Un desastre, lo mires como lo mires, y que te hace pensar en muchas cosas en las que es mejor no hacerlo. Conducir es un acto en el que no te jugas la vida sólo tú, sino que implica a cualquiera que pase en el momento en el que se te va el santo al cielo y la preparas como Amancio. En fin..., pelillos a la mar, que dicen los que saben. La jugada del tráfico se puede extrapolar a ciento de decisiones que tomamos en la vida cotidiana y que como dice Leo Harlem en sus monólogos, es mejor no pensarlas demasiado, y mucho menos con la que está cayendo en España y en el mundo. La semana pasada asistí junto con dos hermanos escogidos y no impuestos a una conferencia en Cistierna de dos leoneses de la diáspora y un navarro que parecía el más cazurro de los tres sobre las barbaridades que el Poder pretende cometer en la montaña oriental leonesa: plantas de metano, minería a cielo a abierto para buscar fosfatos y un largo etcétera que, si no pasa nada raro, os contaré la próxima semana. Salimos de la movida acongojados, como si todo se va a ir a la mierda, como si todo estuviera escrito en renglones torcidos, como si la lucha fuese inútil. Sim embargo, sé, en el fondo de mi corazón, que no es así. Si peleamos, sobreviviremos. Os contaré más cosas de esta historia el jueves que viene. 

Salud y anarquía.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Archivado en
Lo más leído