Karl Landsteiner, un biólogo y médico patólogo austriaco, descubrió en los estudios que realizaba en el año 1900 que, al mezclar la sangre de dos personas –utilizó la de 22, incluida la suya–, unas veces no había ningún problema pero, en otras ocasiones, se aglutinaba y formaba grumos. Había, pues, sangre compatible y sangre incompatible. Y describió tres grupos distintos en el que era el primer sistema de clasificación de grupos sanguíneos de la historia: A, B y 0, este último, denominado inicialmente ‘C’. Y lo publicó en 1901 –se cumplen 125 años en 2026– en un breve artículo en la revista científica médica austriaca ‘Wiener Klinische Wochenschrift’, en el que reflejaba sus conclusiones.
El descubrimiento marcó un antes y un después en la medicina –hasta entonces se pensaba que toda la sangre era igual–; de hecho, catapultará a Landsteiner hacia el Premio Nobel de Medicina, con el que será galardonado en 1930. En 1902, sus discípulos Adriano Sturli y Alfredo de Castello descubren un cuarto grupo sanguíneo –AB–, completando el sistema AB0 que se utiliza en la actualidad. En 1908, Albert Epstein y Reuben Ottenberg sugieren que el grupo sanguíneo es hereditario; y, en 1910, Emil von Dungern y Ludwik Hirsfeld confirman que la herencia sigue las leyes de Mendel. Y, ya en 1940, Landsteiner y Alexander Wiener descubren el factor Rh –que puede ser positivo o negativo–, responsable de la incompatibilidad de algunos grupos sanguíneos, aun respetándose el sistema AB0, perfeccionando así dicho sistema.
El grupo sanguíneo es fundamental en las transfusiones de sangre, pues donante y receptor deben tener grupos compatibles para evitar complicaciones. Además, es también importante en trasplantes, en el diagnóstico de la enfermedad hemolítica del recién nacido, en pruebas de paternidad, en el estudio de víctimas en medicina forense o en la antropología.
No hará falta que te diga, digo yo, lo importante que es que sepas cual es tu grupo sanguíneo… El mío es A+. Por si las moscas…