Quien responda al nombre Danzae Pace es autor de esta frase con la que estoy de acuerdo: «El estrés es la basura de la vida moderna. Todos lo generamos, pero si no lo desechamos se amontona y superará nuestras vidas». Y es que nuestra sociedad, atiborrada de tecnología y sometida a un ritmo frenético, es sumisa, borreguil, hace mucho y cuestiona poco, acepta obediente y no se rebela ante nada, aunque pretendan acabar con su salud y conducirla paso a paso a ese transhumanismo que tanto les gusta a los que mueven los hilos del teatro-mundo.
El estrés que nos invade y ha aumentado considerablemente nuestros niveles de ansiedad proviene seguramente de ese exceso de trabajo que nuestros tranquilos antepasados no tenían. Antes uno hacía su jornada, terminaba y desconectaba, ahora imposible. El hecho de estar permanentemente localizados a través de ese apéndice impuesto que es el móvil nos mantiene en alerta permanente. Cualquiera puede interrumpir una siesta, un beso, una declaración de amor, una canción apasionada en el baño.
Para colmo, muchos trabajos que antes hacían humanos, ahora los gestionan máquinas, pero con nuestro desgaste. ¿Una cita médica? En la ‘app’. ¿Peluquería? Por internet. ¿Hacienda, bancos? A través del móvil. Viajes, trámites con organismos oficiales, centros educativos… Si vas a la gasolinera te sirves tú y después pagas. Y última moda, en algunas cafeterías y bares ya no solo no te atienden en terraza (cuestión comprensible porque no hay personal), tampoco en mesa. Tú debes ir a la barra y acarrear los cafés, los azucarillos y las cucharillas. En una segunda vuelta el bizcocho o la tortilla. Lo siguiente será pasar a la cocina y lavar tu vaso. O sea, que además de nuestro trabajo hacemos gran parte del de los demás sin que eso abarate costes.
Deberíamos plantar cara, rebelarnos. Ya lo decía Ovidio hace muchos siglos: «Tómate un descanso; un campo que ha descansado da una cosecha generosa».