Acabo de ver un enlace en el que familiares de mujeres con cáncer de mama les muestran su apoyo y admiración de diferentes formas, pero coincidiendo en la emoción contenida y su frase inicial «Me lo tomo a pecho». Según los datos de este video en 2024 casi 36000 mujeres fueron diagnosticadas de cáncer de mama en España. Hoy sabemos que ese dato no es cierto. Hubo miles de diagnósticos silenciados que posiblemente ya sean rosas. Y de serlo, debería acompañarlas una placa que dijese: «No me avisaron. No pude salvarme porque no me dejaron luchar y vencerlo». Sería una forma de que nunca se olvide que, en un país desarrollado llamado España, se ocultó a las mujeres los resultados de sus mamografías, negándoles el derecho a defenderse de una enfermedad.
Esta columna debería publicarse el domingo próximo porque, casualmente, el 19 de octubre se celebra el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, pero es tan grave lo ocurrido que el enfado no sabe de esperas. Según la OMS se trata de «crear conciencia y promover que cada vez más mujeres accedan a controles, diagnósticos y tratamientos efectivos», porque la detección precoz es la piedra angular de la lucha contra este cáncer. Esto debería estar grabado en piedra, no vaya a borrarse, en los despachos de quienes toman decisiones y negocian con la vida y la muerte ajenas. Este consejo de la OMS debe ser el primer mandamiento de cualquier persona con poder suficiente para salvar mujeres o para dar una patada a esa piedra angular, de la que penden y dependen sus vidas. No es lo mismo cometer delitos de usura enriqueciéndose con hormigón y autopistas, que delitos de usura negociando con vidas humanas. Desde la simpleza con que ve las cosas esta ciudadana leonesa, no, no es lo mismo. Quizá debieran existir límites y retirar por ley a todo cargo público cuyos actos hayan provocado muertes, ya que ninguno aprendió a conjugar el verbo dimitir. Quizá sea la única forma de que cambien cosas y los ciudadanos no sigamos estando en manos del zorro, una vez descubierto.
Y al pecado de omisión, se suma el insulto a la inteligencia femenina, argumentando que no se les comunicaron los resultados para no causar estrés. ¿De verdad este hombre no conoce a nadie con cáncer y no sabe la angustia que produce la espera, el no saber si llevas dentro de ti un trocito de muerte? De verdad este señor no sabe cómo le crece a una mujer lo valiente cuando se entera de que tiene al enemigo con ella. Saberlo es la única forma de sacar las armas, poner los brazos en jarras, lanzar el grito de guerra y combatirlo, porque en su interior solo permite que crezcan hijos.
Es tan grave lo ocurrido que esperamos medidas contundentes contra quienes han robado a muchas mujeres el derecho a luchar por su vida. Esos, empeñados en amasar fortunas con la enfermedad ajena y el dinero público. Políticos de paso, endiosados, creyéndose dueños de nuestros destinos, jugando a ser poderosos, a permitirnos morir o salvarnos. Es tan fácil como ocultarnos que una enfermedad te va a ganar la batalla porque tu no vas a pelearla. Da igual de lo que hablemos. Hay una clase política peligrosa, enfermos de avaricia, que tienen un negocio en la manga para cada asunto. Siempre juegan sucio, cambian vidas por denarios y después duermen. Lo peor es que duermen.
Así hemos cruzado una semana que fue mujer, en la que todos los caminos estuvieron ocupados por sus voces y silencios. Unas, gritando y pidiendo justicia. Otras, llegando a al final antes de tiempo, en la única carrera que pierdes si llegas a la meta. Cuántas se hubieran salvado de haber sabido que había un desvío a la izquierda, pedregoso, con dolor y tratamientos duros, pero que llevaba a la vida. Esta semana vestida de mujer se puso el pañuelo de las calvicies rosas. Y también tuvo melena de rizos, labios rojos rabiosos y una belleza que reventaba la vista. Esta semana se fueron la poesía y el canto. Se fue una palabra aún no dicha, un poema a medio escribir y un puñado de notas que quedaron sin cantarse. O quizá sea el canto de sirena que suena ahora mismo en una isla imaginaria. Y se fue un trozo de aire de Pico Cerroso y unos pies que deberían recorrer de nuevo los caminos de Ferreras, allá por San Antonio o por San Miguel, que aún le quedaban otoños pendientes. Se fue la mitad de una gemela, que es como una hermana salida de ti misma. Se fueron Arancha y Elena y hoy me faltan un poema y una fiel lectora. Una Sirena que ya nada en otros mares y una Paisanina que sube otros montes, camuflada en cualquier bandada de vencejos, que la traerán de vez en cuando a vernos.
Un abrazo y un silencio para esos padres huérfanos de hija sirena. Y abrazo de roble para Ana, la melliza de Ferreras, como se dijo siempre para distinguirlas de las gemelas de Muñecas. Cómo no entenderte, Ana, si respiramos la misma infancia, el mismo aire frío de Pico Cerroso, cogimos las mismas avellanas, con el mismo polvo del mismo camino. Porque fuimos igual de gemelas, igual de hermanas.