17/11/2025
 Actualizado a 17/11/2025
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Todavía no he leído las memorias del rey emérito. Tampoco espero grandes sorpresas de quien - no olvido - tuvo una noche memorable aquel 23-F de 1981. Eran otros tiempos, complicados, como todos. Ahora tampoco estamos los españoles como para tirar cohetes, con la UCO trabajando a destajo porque en la vida pública hay más corrupción que en Miami.

Mientras florecen personajes de la talla de Leire Díez, la fontanera del PSOE, o Koldo, el asistente total, radios y teles dedican horas a indagar asuntos de tan profundo calado como la separación de Andy y Lucas o el divorcio de Los Javis. Manejo la convicción de que a los españoles nos preocupa más la pugna por las audiencias entre Motos y Broncano que el juicio al fiscal general del Estado. A mi alrededor la gente está harta del cine negro en que se ha convertido la política nacional.

Con Errejón pendiente de sentarse en el banquillo de los acusados por, ni más ni menos, presunta agresión sexual, con la esposa y el hermano del presidente del Gobierno elaborando una creativa defensa ante sus próximas comparecencias ante los jueces por su ¿penal? manera de aprovechar la cercanía que brinda el poder, con el prófugo Puigdemont crecido porque el abogado del Tribunal de Justicia de la UE ha abierto la espita que le va acercando al “Ja sóc aquí”, con Cerdán en el talego y Ábalos viendo las barbas del vecino cortar, vivo en un sinvivir. Este país se ha convertido en una penosa telenovela. Según parece, de las eternas.

Últimamente, me entretiene más la guerra de la conquista de las galaxias que mantienen Bezos y Musk que todo el sainete costumbrista de corruptelas, comisiones y siniestros militantes, ‘sobrinas’ y cargos de confianza ascendidos a puestos de primer nivel por el sinsentido que también sufre el sistema democrático. Me consta que a quienes viajan en la cresta de la ola se la trae al pairo, pero todo esto es lamentable.

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