En el I Estudio Nacional sobre el Estado de Ánimo de los Docentes que han realizado en conjunto la Universidad a Distancia de Madrid (Udima), ‘Educar es todo y Éxito educativo’ y que fue realizado en más de 3.700 profesores de toda España, el 38,4 % de nuestros profesores manifestó síntomas asociados a la depresión. Esta amenaza cada vez preocupa más a los profesores. En este estudio se destaca como primera razón del malestar de los docentes la carga burocrática que han visto aumentar en los últimos años. Cada vez se exigen más actas, informes y estadísticas sobre programas. La mayoría son partidarios de reducir este tipo de tareas para poder dedicar más tiempo a las clases y a los alumnos. «El trabajo del profesor no termina cuando los estudiantes se van a casa, sino que tienen mucha carga administrativa y tareas burocráticas. Los cambios legislativos y el trabajo burocrático son los principales obstáculos para el desempeño de su labor y casi todos piensan que reducir la burocracia ayudaría a que se sintieran más motivados». Comulgo perfectamente con el resultado de este estudio. La burocracia va minando la ilusión del profesorado hasta hacerle aborrecer el trabajo que tanto estimaba. Estoy convencido de que un profesor siempre debe tener ilusión y vocación. Si amas a su trabajo y estás ilusionado con él, el resultado va a ser siempre positivo. Si el profesor disfruta dedicándose a los alumnos y le gusta la profesión, es muy difícil que se deprima. Nunca conocí a un compañero deprimido y con vocación. Esto es contradictorio. Si entras con ilusión y ganas en el aula, tu profesión será un privilegio, pero, de lo contrario, puede llegar a ser un martirio. Para trabajar en una central lechera no es imprescindible tener vocación, pero para hacerlo en un colegio o en un hospital, sí. Al inicio del curso pasado, el Papa Francisco dedicó unas palabras entrañables a los profesores pidiéndoles que sean fuertes y valientes, tengan fe en lo que hacen porque dedicarse a la educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad. Yo siempre he dicho que es «un privilegio de unos pocos afortunados». El Papa decía: «El Sol no se apaga durante la noche, se nos oculta por un tiempo por encontrarnos ‘al otro lado’, pero no deja de dar su luz y su calor. El docente es como el Sol. Muchos no ven su trabajo constante, porque sus miras están en otras cosas, pero no deja de irradiar luz y calor a los educandos, aunque únicamente sabrán apreciarlo aquellos que se dignen ‘girarse’ hacia su influjo. Tengan paciencia, mejor, esperanza. No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen. Su abnegada labor diaria podría, a veces, parecer oculta, silenciosa e inapreciable, pero será siempre eficaz y valiosa».
Hasta aquí os he presentado la ‘cara bonita’ del profesor. El profesor que se siente privilegiado y feliz en su profesión, que se le pasan las horas de clase volando, que ama a todos sus alumnos y no ansía su jubilación. Pero la profesión docente también puede ofrecer otra cara, la del ‘profesor deprimido y quemado’. El I Estudio Nacional sobre el Estado de Ánimo de los Docentes también pregunta a los profesores por sus ideaciones suicidas y sus conductas autolesivas. Su respuesta es que sólo ocurre en el 2 %, por casos de depresión muy graves. Los causantes son los estudiantes y su falta de compromiso, y las familias y su comportamiento con el profesor. En cuanto al comportamiento de los alumnos, llegan a impedir dar clase, las falsas acusaciones, las faltas de respeto y las amenazas a estos profesionales son los problemas más frecuentes. Estamos viendo un aumento progresivo del acoso encubierto donde se le suplanta la identidad a través de redes para ridiculizarlo, se les acusa de no explicar bien. El verse obligado a lidiar diariamente con alumnos problemáticos provoca un estrés con graves consecuencias: El profesor pierde la ilusión por su trabajo, no se implica de la misma manera en las clases y esto repercute en el desarrollo educativo de los alumnos. Ese estrés crónico es conocido como el «síndrome del profesor quemado», que suele aparecer en la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), donde nos encontramos con los alumnos más difíciles y revoltosos. Los desencadenantes van desde la propia personalidad del maestro hasta las familias del alumno, que no siempre colaboran para que haya un entendimiento entre sus hijos y los profesores. La pérdida de ilusión que esto conlleva dificulta el desarrollo de las tareas docentes y redunda en el abatimiento del profesor. Los síntomas suelen ser: apatía, sensación de tristeza y cansancio, pérdida de interés e ilusión, sentimientos de fracaso e impotencia y hasta insomnio. El síndrome del profesor quemado se puede curar, pero es necesario que el profesor sea consciente de que tiene un problema emocional y que es necesario aprender técnicas para gestionar mejor el estrés. Pienso que la mejor ayuda para curar el síndrome del profesor quemado es la ayuda y cariño de sus compañeros de departamento o del equipo directivo y ‘poner las pilas’ a los alumnos y a sus padres.