Mientras me pegaba una carrera a orillas del Báltico peleando con la lluvia y el viento, en Barcelona las manifestaciones pedían lo contrario que en Madrid. Al mismo tiempo, por las calles de la ciudad condal otro familiar busca piso para poder, adivinen qué, poder trabajar en algo en lo que se ha especializado habiendo descartado ya poder hacerlo en casa, en León.
Uno no sabe lo que es el infierno hasta que no ayuda a alguien a buscar piso en Barcelona. Imagino que buscarlo (si una espinita tengo clavada es la de no haber vivido nunca allí) será directamente el purgatorio. De buhardilla en buhardilla a precio de mansión y de sótano en sótano a precio de loft en el centro, uno se pregunta si algo de todo lo que copa los titulares de los informativos a nivel nacional va a arreglar alguno de los problemas reales de la gente, la mayoría, que desde casa contempla el espectáculo con una sensación que varía entre la vergüenza y la pena.
Es por eso que me van a perdonar que no tenga espacio en mi tiempo diario para pensar en causas mayores como la salvación de la patria, la autodeterminación de los pueblos o la desaparición del urogallo, pero me gustaría ver a mis sobrinos más de dos veces al año y que mi hermana pudiera vivir en un lugar digno sin arruinarse.
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